Sólo podía quedar uno, y realmente, no podía ser otro. Villanova cumplió su condición de favorita para coronarse en una temporada para el recuerdo. Los Wildcats consiguen su segundo título en tres años, sin apenas muestras de flaqueza y con un juego que rompe con lo establecido. Son historia, por el qué, pero también por el cómo. 

Villanova es muchas cosas y el título es un reflejo de todas ellas. Sin embargo, pocas representan mejor a los chicos de Jay Wright que la consistencia. La capacidad para resistir, para sumar en momentos adversos y acabar imponiéndose con actores de todo tipo. Esta vez le tocó a Donte DiVincenzo. El habitual sexto hombre de los Wildcats firmó una de las mejores actuaciones individuales que se recuerdan en una final nacional. Irrumpió por habilidad, pero sobre todo por necesidad.

Michigan plantea batalla…

Moritz Wagner anotó 9 de los primeros 11 puntos de su equipo

Su equipo bailaba sobre el alambre, y es que Michigan golpeó primero. Impuso su físico, se cerraba atrás y tenían su referencia muy clara. Moritz Wagner anotaba 9 de los primeros 11 puntos de los suyos, exhibiendo versatilidad y carácter a partes iguales. Porque no sólo eran acciones de mérito, sino lo que desencadenaba cada una de ellas. El alemán alentaba a una afición que era mayoría, y que celebraba cada fallo rival desde el triple como una canasta propia. Las casi 68.000 gargantas presentes en el Alamodome eran culpables de un inicio trepidante. Energía desmedida, intercambio de golpes y una primera ventaja para John Beilein, que hacía dudar a su oponente con las rotaciones. La declaración de intenciones de Wagner forzaba a Jay Wright a buscar sensaciones, ya que además, sus chicos no mantenían la magia del encuentro ante Kansas, aunque ahora también su rival llegaba a todos sus tiros.

Hasta que llega DiVincenzo

Villanova, sin embargo, mantenía las distancias. Era cuestión de sobrevivir y adaptarse a las circunstancias. Algo complicado, incluso abstracto, si estuviésemos hablando de un equipo corriente. Pero en la obra de Jay Wright, los jugadores no se rigen por sistemas, sino por conceptos e ideas. Lo decía Grant Hill en la retransmisión nacional: “apenas tienen tres jugadas”. Y puede que se haya pasado. Wright le da libertad a los suyos dentro de unas normas. Ante el muro de los Wolverines, el reto residía en quién debía coger las riendas.

‘Nova no conoce la derrota cuando Donte anota más de 18 puntos (12-0)

Fue espontáneo, como siempre. DiVincenzo necesita muy poco para cambiarlo todo, y más en momentos importantes. Pero incluso esta vez iba a alejarse de los márgenes. Detrás del trance y la inspiración, había una lección de lectura y madurez. Mientras Michigan se esperaba el bombardeo desde el perímetro, DiVincenzo rompió la veda atacando el aro. La valentía de los Wolverines se menguó a la par que la figura de Donte eclipsaba la final. Cada vez que tocaba el balón, el Alamodome rugía, porque sabía que algo iba a pasar. Y siempre pasaba. Sin brillar, con más corazón que ideas, pero Villanova ya había tomado el control llegados al descanso. De la guinda se encargaba Jalen Brunson, que resucitaba tras un auténtico calvario.

Trance y trabajo sucio

Al poco de iniciarse la segunda mitad había dos realidades contundentes: la superioridad de Villanova y la falta de argumentos de Michigan para competirla. Se transmitía en sensaciones y no tardaría en el marcador. Los Wildcats se adueñarían del relato: fluidez, movimiento de balón, contraataques y, cómo no, DiVincenzo. Porque el trabajo sucio ya estaba hecho. Omari Spellman y Phil Booth se encargaron de hacerle la vida a Wagner. Eran conscientes de que desactivar al alemán era acabar con su rival. Y lo hicieron. Desgaste físico, encontronazos y doble técnica para él y para Spellman. Para los Wright suponía un sacrificio, para Beilein mandar al banquillo a su estrella.

DiVincenzo culmina la fiesta

Esto allanó el camino, aunque puede que ni hiciese falta. Porque una vez más, ahí estaba DiVincenzo. Un tapón de voleibol y dos triples consecutivos acabaron con cualquier esperanza. Abdur-Rakhman se resistía, pero en sus 23 puntos había más orgullo que esperanza. Villanova ya había comenzado su dictadura de cohesión y sentido colectivo. Esa armonía capaz de sacar un nuevo protagonista cada partido. Le había tocado a Donte, pero el otro día fue Paschall, y el anterior Spellman. Sin olvidarnos que Brunson es el Jugador del Año o que Mikal Bridges es un potencial Top 10 del Draft. Demasiados fuegos que apagar.

“En Villanova el go-to-guy es aquel jugador que esté solo,” decía Fran Fraschilla en ESPN.

Cuánta razón. Tanta, que mientras el mundo del baloncesto intentaba asimilar la exhibición de aquel pelirrojo de orígenes italianos, Bridges estaba haciendo de la cancha su patio de recreo. Lo suficiente para acabar con cualquier opción de Michigan, si es que la había.

El dominio de Villanova ponía el broche a una temporada donde la locura, pese a todo, a hecho justicia. El escándalo de corrupción, la investigación del FBI, la irrupción de Trae Young, el upset de UMBC, el viaje de Loyola-Chicago y ahora, la culminación de uno de los equipos más completos que ha visto el baloncesto universitario. Y quien quiera números, los tiene. Estos Wildcats son el primer equipo desde UCLA (1967) en ganar todos sus partidos del torneo final por más de 10 puntos.

MOP: Donte DiVincenzo

Quien haya llegado a leer hasta aquí pensará que es redundante. La energía, el acierto, el liderazgo. DiVincenzo jugó para la historia. Y sin embargo, él siempre repite su discurso: “Lo importante es la defensa, es lo que he intentado hacer y lo que nos ha dado la vida en este partido”. Rehúye hablar de lo evidente, hasta el punto de que ya lo sabemos todos. “Hoy he sido yo, pero podría haber sido cualquier otro”.

Donte DiVincenzo fue nombrado Mejor Jugador de la Final

Los 31 puntos de DiVincenzo, además, se convirtieron en la máxima anotación en una final nacional desde 1985, y la máxima registrada nunca por un jugador que sale desde el banquillo. “¿Por qué sales desde el banco?”, le preguntan tras el encuentro. “Porque este equipo funciona así.”

Jay Wright, arquitecto para la historia

Jay Wright ya tiene más títulos que Jim Boeheim, Bill Self o John Calipari

Ha llegado a un punto donde su figura trasciende los títulos. Durante esta semana, uno de los debates en San Antonio discutía la influencia de Wright en una nueva era del baloncesto universitario. Porque no fue el fundador, pero sí uno de los divulgadores del small-ball. Algo que empezó por necesidad con la lesión de Curtis Sumpter, una de sus estrellas allá por 2002, ha acabado siendo una seña de identidad, y hoy, la fórmula de un triunfo incontestable. Porque en esta Villanova no es que se reuniesen cuatro exteriores y un interior, es que todos hacían de todo, sin necesidad de una pizarra o una señal del base. Todos sabían dónde había que estar y cómo moverse en función de dónde estaba el balón. Todos sabían jugar sin balón, hacer una puerta atrás, ocupar la esquina. Un tributo al juego conceptual resumido en un dato: es el primer equipo en 13 años que ha ganado el título siendo el mejor equipo anotador del país.

Porque otra forma de ganar es posible, empezando por sus jugadores. Hace unos años eran Ryan Arcidiacono, Kris Jenkins o Josh Hart, pero hoy son Jalen Brunson, Mikal Bridges o Donte DiVincenzo. Pilares de una obra maestra, construidas a la imagen y semejanza de un estilo, de una idea.

De los mejores.

Villanova ha batido su récord de victorias en una temporada (36)