Entre el otoño de 1981 y la primavera de 1985, los Georgetown Hoyas ganaron 121 partidos, conquistaron un título nacional y estuvieron a un suspiro de vencer otras dos finales (que perdieron contra North Carolina y Villanova por uno y dos puntos de diferencia, respectivamente). Corrían tiempos dorados tanto para la Big East como para su programa insignia, y eslóganes como ‘Hoya Destroya’ u ‘Hoya Paranoia’ se introdujeron en el imaginario colectivo de la NCAA. Patrick Ewing abandonó el campus de Georgetown en 1985 como uno de los diez o quince mejores jugadores de la historia del baloncesto universitario y con el apelativo de ‘El Próximo Bill Russell’ colgando del hombro (o aplastándolo, según se vea). Georgetown continuó en la cresta de la ola y también lo hizo su técnico, John Thompson Jr., tan cotizado que fue el elegido para seleccionar y entrenar al USA Team en los Juegos Olímpicos de 1988. Big John se pegó tal batacazo en Seúl que los estadounidenses reaccionaron a lo burro, eliminando el amateurismo en el ámbito FIBA y ensamblando el Dream Team; el resto es historia. Curiosamente, una de las decisiones más dudosas de Thompson en los JJOO fue elegir como base titular a su base, uno de los suyos, Charles Smith (a la postre no fue seleccionado en el Draft de 1989, jugó cuatro ratos en la NBA, pasó por la cárcel y acabó sus días jugando en sitios como Orense o Lieja), dejando fuera del roster a tipos como Tim Hardaway, Mookie Blaylock, Dana Barros o Rod Strickland. Pero entonces Thompson tenía crédito de sobra y, pese a su derrota ante la URSS y la temeraria imposición de sus preferencias personales al confeccionar el combinado nacional, mantuvo su estatus de figura reverenciada en Georgetown.

Entre el otoño de 2015 y la primavera de 2017, los Georgetown Hoyas perdieron 24 partidos en la Big East y ganaron apenas 12. En las últimas diez temporadas sus balances de postemporada son: 3-6 en el NCAA Tournament y 1-2 en el NIT. En los siete últimos Draft de la NBA solamente ha sido seleccionado un jugador de Georgetown, Otto Porter. Desde su inesperada aparición en la Final Four de 2007, el momento más memorable del que ha sido partícipe la universidad ocurrió en el March Madness de 2013, cuando los Hoyas sirvieron de punching ball a Florida Gulf Coast para que Dunk City se presentara al mundo.

Hace tiempo que los Hoyas se descolgaron de la élite de la NCAA. Aún así no deja de resultar chocante que un programa como Georgetown, que goza de una indiscutible estatura histórica, que dispone de una ubicación privilegiada en el centro de una de las grandes canteras de Estados Unidos (Washington D.C., Maryland, Delaware y Virginia aportan 10 de los 100 mejores freshman de la promoción 2017) y que ostenta un espectacular complejo deportivo recién estrenado cuyo coste superó los 60 millones de dólares lleve años sumido en la mediocridad. Aunque las causas de semejante panorama son diversas, una constante es única; toda la trayectoria de los Hoyas durante los últimos 45 años desciende en línea directa de John Thompson Jr., comenzando por las 27 campañas que él mismo estuvo en el banquillo y terminando con los 13 cursos con su hijo, John Thompson III, como head coach, con un único interludio de un lustro en el que Craig Esherik, exjugador de Georgetown y asistente de Big John, se hizo cargo del equipo.

Cuando, meses atrás, se anunció la destitución de JTIII, no fueron pocas las voces que pidieron que se arrancara de raíz el árbol genealógico de su familia. Pero Georgetown, una vez más, ha optado por la vía interna. El aval del patriarca Thompson, que mantiene su peso invisible en el seno del programa e incluso cuenta, todavía, con su propia oficina en el campus de Washington, fue decisivo para acometer la contratación de Patrick Ewing, la gran leyenda de los Hoyas, que se enfrentará a su primera experiencia como head coach en un ambiente a menudo tachado de hermético y arcaico, asumiendo la en absoluto nimia responsabilidad de reverdecer laureles en Georgetown.

Ewing hereda una situación complicada y un roster que, al menos durante su primer curso, será decrépito. Se puede decir, sin morderse la lengua, que el cese de JTIII llegó tarde y que el rumbo del baloncesto del siglo XXI le sobrepasó tiempo atrás. La semilla estilística sembrada por su padre en los setenta sigue firmemente arraigada; no así su eficacia. Y, a todas luces, el respeto a la tradición le ha costado a Georgetown un significativo desprestigio en el mundillo de la AAU, donde se gestan los reclutamientos de las grandes estrellas de instituto. Pocos quieren formar parte de una marca baloncestística relativamente obsoleta que ha producido un jugador NBA en siete años.

La Georgetown que hizo grande John Thompson Jr. tenía unas señas de identidad claras: férrea defensa zonal en alternancia con presión alta, ritmo bajo, abundante movimiento de balón y, sobre todo, la referencia indiscutible de un pívot de primerísimo nivel. Patrick Ewing y Alonzo Mourning fueron los cracks de las mejores versiones de los Hoyas, que se ganaron a pulso la reputación de ser un equipo en el que los hombres altos llevaban la voz cantante, con la notable excepción de Allen Iverson a mediados de los noventa. Sin salirse del molde, JTIII introdujo ciertas variaciones al modelo. La insistencia en la zona 2-3 se hizo más pronunciada e implantó su versión de la afamada Princeton Offense desarrollada por el mítico Pete Carril.

Huelga decir que este sistema, bien ejecutado y con el personal adecuado, sigue siendo una delicia para los ojos por muy antiguo que parezca. Enfatiza el movimiento con y sin balón, pregona el altruismo y establece como máxima prioridad la consecución de canastas fáciles empleando cortes y puertas atrás. De ahí que los centers de JTIII adoptaran habitualmente un perfil menos finalizador y más ‘habilitador’. Pívots como Roy Hibbert o Greg Monroe, e incluso otros de menos renombre como Henry Sims, destacaron por su capacidad para el pase y para hallar compañeros en trayectoria directa hacia el aro. Mientras el talento acompañó, los resultados fueron buenos.

Los problemas aparecieron cuando la idiosincrasia de Georgetown dejó de atraer a los jóvenes recruits y JTIII no mostró ninguna cintura para adaptarse a una realidad cambiante. Reticente a abandonar los esquemas zonales y poco adepto al uso del tiro de tres, el técnico insistió en su idea hasta que, por exprimida, no dio más de sí. El trágico final de su última gran escuadra, la de la temporada 2012-13, epitomizó todo lo que andaba mal en Georgetown, aunque la expiración de JTIII se demoró cuatro años más de manera injustificable.

Aquella plantilla fue la última que contaba con piezas cuyo nivel y características permitían la aplicación exitosa del sistema de JTIII. Tenía una amenaza seria en el perímetro (Markel Starks), interiores con buen tono defensivo, alta IQ y notable habilidad pasadora (Greg Whittington, el infravaloradísimo Nate Lubick) y una estrella bona fide como Otto Porter. Georgetown se ganó un seed 2 en el March Madness y quedó emparejada con la desconocida Florida Gulf Coast. Y llegó el desastre. Contemplar cómo aquellos Eagles aniquilaron a los Hoyas a base de contraataques y alley-oops, con un estilo desenfadado y alegre, fue como ver un equipo a color frente a uno en blanco y negro. El partido supuso un mazazo del que Georgetown, sumida en un estado de daltonismo crónico, no se ha recuperado aún.

Hay muchos interrogantes en torno a la incipente ‘era Ewing’; ninguno tan decisivo, quizás, como la influencia que tendrá Big John en esta nueva etapa. Del baloncesto que Ewing aspira a diseñar sabemos poco por su inexperiencia como head coach. Huelga señalar, de antemano, que sería injusto cuestionar la valía de Ewing en el estricto ámbito de la pizarra. El ex de los Knicks ha demostrado ser un currante de los banquillos, esmerándose para ganar tablas, y cuenta con más de una década de trayectoria como asistente en la NBA, habiendo trabajado a las órdenes de ambos hermanos Van Gundy o, más recientemente, de Steve Clifford en los Charlotte Hornets.

¿Pero tendrá la independencia y la personalidad para eludir la guía silenciosa de Thompson? Ahí radica el quid de la cuestión. De las entrevistas concedidas desde su contratación se desprenden algunas declaraciones de intenciones. Poner el acento en la defensa. Correr mucho, buscar ritmos rápidos. Practicar un juego, en pocas palabras, parecido “al de la NBA”. Lo primero no es nuevo en Georgetown; lo segundo, en cierto modo, suena refrescante; y lo tercero podría apuntar, implícitamente, una renuncia a la defensa zonal. Ewing ha insistido en dejar claro que es su programa desde que fue contratado y, por ahora, parece decidido a emprender ciertos cambios que harían de Georgetown un destino más atractivo.

En cualquier caso, los matices estilísticos sólo alcanzan para reforzar de manera parcial la posición de los Hoyas en la esfera del recruiting. En este sentido, Ewing es un absoluto novato. ¿Poseerá la labia y la persistencia necesarias para convencer a los chavales de high school para que jueguen con él? Tiene de su lado el respeto y admiración que su nombre evoca, pero éste sonará cada vez más extraño a los jóvenes de hoy. El papel de los asistentes será crucial para compensar la inexperiencia de Ewing.

(Hablando de asistentes, me veo obligado a hacer un paréntesis extendido. Ewing ha tenido que prescindir de su hijo, Pat Ewing Jr., que formaba parte del cuerpo técnico de JTIII, para cumplir la política antinepotismo de Georgetown. Política de nepotismo en Georgetown, repito; te tienes que reír. Hecho relacionado: el hijo de Alonzo Mourning está enrolado actualmente en los Hoyas.)

Y no se puede olvidar otra cosa; sea cual sea la idea baloncestística de Patrick Ewing, es improbable que pueda materializarse esta temporada. Georgetown quedó penúltima en la clasificación de la Big East el año pasado, ha perdido a sus dos mejores hombres (L.J. Peak y Rodney Pryor) y sus refuerzos más destacados son un freshman en el Top 100 de la mayoría de rankings (Jamarko Pickett), un transfer de South Dakota (Trey Dickerson) y otro de William & Mary (Greg Malinowski). Ewing tiene a su disposición dos buenos jugadores (Jessie Govan y Marcus Derrickson) y un puñado de chavales que son o bien incógnitas o bien sencillamente mediocres. No suena esperanzador.

La familia, la tradición, las relaciones personales extendidas en el tiempo, la historia y la solera son factores que indudablemente han aportado mucho bien a Georgetown a lo largo de su existencia, pero puede argumentarse que, hoy por hoy, restan más de lo que suman. Ewing tendrá que oscilar con sutileza entre su estatus de partícipe de la ‘Hoya Paranoia’ y la responsabilidad de resucitar la grandeza del programa. Y este objetivo pasa inequívocamente por eliminar progresivamente la sombra que Big John proyecta sobre Georgetown. Tras años de decadencia, todo ha vuelto a quedar en familia, pero cabe la esperanza de que haya ocurrido por última vez.

Fuentes: Sports Illustrated, Casual Hoya, ESPN, CBS Sports, guhoyas.com, The Undefeated, The Washington Post.
Fotos: Sports Illustrated, Casual Hoya.