Toca repartir premios en la NCAA antes de que llegue el Selection Sunday. El jueves conocimos a 28 de los jugadores más destacados del año en la competición, y ahora es el turno de los doce mejores. Sin más dilación…

 

12. Jock Landale – C, Senior, Saint Mary’s (27-4, 16-2 WCC)
21.3 pts, 10.5 reb, 2.1 ast, 1.1 tap, 63.9% TC, 75.6% TL.
Landale representa un reto habitual en estos listados, el de ubicar a un jugador de élite que normalmente se enfrenta a rivales debajo o muy por debajo de su nivel. Está claro que no abundan las fuerzas interiores del calibre del australiano. El pívot da sentido a una de las estructuras ofensivas más eficaces de la NCAA. Con mucha paciencia, Saint Mary’s acostumbra a iniciar sus ataques con una sucesión de pases y bloqueos lejos del aro, y si no hay un tiro fácil en primera instancia el balón va hacia Landale, prácticamente indefendible en el uno contra uno e inteligente en la lectura de los espacios para sacar la bola fuera. La WCC no tiene respuesta para él.

Juega en su contra el paupérrimo calendario non-conference diseñado por los Gaels, así como su incomparecencia en el último duelo de liga regular ante Gonzaga. El eterno interrogante (“¿qué haría en la ACC o en la SEC?”) es injusto y necesario al mismo tiempo. De hecho, Saint Mary’s tiene motivos para estar preocupada cara al Selection Sunday. Ha contado con un pívot dominante como pocos y su falta de ambición y sentido de la oportunidad puede dejarla sin March Madness. Aunque la situación no sea culpa (sólo) de Landale, no puede dejarse de lado a la hora de compararlo a los once nombres que lo superan en este ránking.

 

 

11. Carsen Edwards – G, Sophomore, Purdue (26-5, 15-3 Big Ten)
18.5 pts, 3.9 reb, 3.0 ast, 1.2 rob, 46.6% TC, 41.2% T3, 81.0% TL.
Purdue es un muy buen conjunto caracterizado por su espíritu coral y la veteranía de su núcleo duro. En el grupo dirigido por Matt Painter, Edwards representa el verso libre, el irreverente joven talentoso que redondea la armonía colectiva mediante la más cruda improvisación. Y le ha costado convencer a los escépticos. Durante mucho tiempo costó entender que Painter concediera la titularidad en el puesto de base a un chaval aparentemente anárquico, más anotador que director, más tendente al desorden que al control.

Esta temporada resolvió las dudas. Resulta que Painter no necesitaba un base cortado por un patrón clásico. Para poner orden y abastecer a los compañeros ya estaban Dakota Mathias, P.J. Thompson y Vince Edwards. Lo que el técnico buscaba en Carsen era intensidad, capacidad resolutiva, desequilibrio y, efectivamente, anotación. De tanto tapar huecos, de tanto achicar agua, Edwards se transformó en el chico con mayor peso ofensivo en Purdue. A nadie le pareció mal. Y así se ha pasado el curso, elevando a los Boilermakers a las alturas que no alcanzaba, por sí solo, su sistema.

 

 

10. Jevon Carter – G, Senior, West Virginia (22-9, 11-7 Big 12)
17.0 pts, 4.8 reb, 6.5 ast, 2.9 rob, 42.1% TC, 38.3% T3, 85.6% TL.
Dos axiomas en clave superlativa justifican el décimo puesto de Carter: es el motor ofensivo de uno de los veinte mejores equipos de la NCAA y, al mismo tiempo, uno de los mejores (si no el mejor) defensores exteriores de la competición. ¿Alguien imagina Press Virginia sin él? Ni siquiera ha empezado el March Madness y ya le echo de menos.

Nunca olvidaré ver jugar a Jevon Carter, pese a no encontrarse en el escalafón de talento bruto integrado por los nombres que copan este ránking. Es pura intimidación, pura fiereza, pura sensación de rabia contenida. Carter siempre da, más que nadie, la sensación de ser un hombre jugando entre niños. Tanteó con atrevimiento y astucia los límites del reglamento, obligando a los árbitros a replantearse sus baremos al pitar a West Virginia, tal es su energía gravitatoria. Su momento más memorable ocurrió cuando los Mountaineers recibieron a Oklahoma y se propuso hacer de la vida de Trae Young algo absolutamente miserable. Young no volvió a ser el mismo, y la Big 12 lo agradeció. Y no puede olvidarse cómo Carter, a lo largo de los años, se ha obligado a sí mismo a mutar en un factor determinante en ataque, pese a sus limitaciones técnicas. Un tipo, en definitiva, inolvidable.

 

9. Miles Bridges – F, Sophomore, Michigan State (28-3, 16-2 Big Ten)
16.9 pts, 6.9 reb, 2.8 ast, 0.8 tap, 46.3% TC, 36.9% T3, 88.3% TL.
Entiendo que haya gente que esperara más de Miles Bridges. En noviembre era el favorito a todos los galardones de fin de temporada y, bueno, digamos que no ha sido el huracán que se intentaba vender. La hierba ha podido crecer bajo sus pies. A los decepcionados les contestaría, en primer lugar, que Bridges, sencillamente, no tiene alma de hombre-franquicia. No lo digo como una crítica. Desde hace tiempo considero que el techo de Bridges es ser una versión inferior de Scottie Pippen, un alero multiherramienta capaz de impactar un partido desde ambos lados de la cancha, capaz de ejercer como líder, pero mucho más valioso haciendo de escudero.

Pese a ello… Miren los números de Bridges. Es el mejor jugador de un indiscutible contender al campeonato nacional. Ha jugado la enorme mayoría de sus minutos fuera de su posición predilecta, forzado a compartir espacio constantemente con dos de los numerosos (y muy buenos, todo sea dicho) hombres altos de Michigan State. Entre las estampas de la temporada que quedarán para la posteridad en Youtube, una de las más icónicas (el triple sobre la bocina con el que los Spartans batieron a Purdue y reclamaron la supremacía de la Big Ten) lleva su firma. Y sí, a todos nos gustaría que tirara menos triples, que atacara más el aro, que explotara más a menudo sus mismatches y que tuviera un chip asesino que pudiera activar en caso de necesidad. No obstante, es buenísimo, y su grandeza, innegable.

 

 

8. Marvin Bagley III – F, Freshman, Duke (25-6, 13-5 ACC)
20.7 pts, 11.2 reb, 1.6 ast, 0.9 tap, 1.0 rob, 60.4% TC, 36% T3, 62.1% TL.
Reconozco que he sido un tanto injusto con Bagley desde la primera vez que lo vi con la camiseta de Duke. Y a lo peor estoy siendo injusto con él ahora mismo. La cuestión es que me frustra de un modo difícilmente explicable. En parte tiene que ver, intuyo, porque en ocasiones su superioridad ralla en el aburrimiento. Es tan grande, tan rápido y tan voraz que todo lo que hace parece fácil o, peor, inevitable. Al mismo tiempo, me pone nervioso su bisoñez defensiva y me desespera con cada triple mal tirado.

Su reciente baja durante varios partidos despertó nuevas dudas. ¿Por qué Duke no parecía echarle de menos? Es evidente que los Blue Devils tienen (muchas) más opciones de conquistar el NCAA Tournament con Bagley al 100%, pero no deja de llamar la atención lo bien que aguantaron el tipo con él. ¿Y cuánto de casualidad hay en que las mejores actuaciones de Grayson Allen hayan coincidido con las lesiones de Bagley? ¿No debería un MVP tener un impacto netamente positivo sobre sus compañeros (no hay más que ver el caso de Russell Westb… ups, mal ejemplo)?

Como en el caso de Bridges, Bagley es víctima de sus propios dones, que imponen sobre él una exigencia superior a la que es norma para el resto de los mortales. A la hora de la verdad, hay una realidad que seguramente resulte más crucial que sus problemas defensivos o sus vicios de adolescente: es jodidamente imparable cuando tiene la canasta entre ceja y ceja. Y una cualidad así suele venir bien para ganar partidos.

 

 

7. Keenan Evans – G, Senior, Texas Tech (23-8, 11-7 Big 12)
17.4 pts, 3.1 reb, 3.3 ast, 1.3 rob, 47.4% TC, 31.5% T3, 84% TL.
Al comparar a Bagley con Evans, un elemento decantó definitivamente la balanza. Duke puede ganar partidos (bastantes, de hecho) sin Bagley. Texas Tech, en cambio, es un equipo distinto si Evans no está al 100%. Tengo pánico a la lesión que viene arrastrando el base, que por lo pronto le va a costar a los Red Raiders un seed sensiblemente peor al previsto en el NCAA Tournament. Siempre he pensado en Texas Tech como la más clara aspirante a emular lo conseguido en 2017 por South Carolina: alcanzar la Final Four gracias a la combinación de una defensa férrea y una estrella ofensiva trascendente. Sin Evans, el invento se desmontaría por completo.

Me reconozco fan del estilo de liderazgo que ejemplifica Evans. No tiene problema en delegar en sus compañeros, se involucra en defensa y toma las riendas del ataque cuando hace falta. ¿Qué más se puede pedir? Hubo un punto en el que no era impensable que Texas Tech fuera la elegida que interrumpiera la racha de triunfos en la Big 12 de Kansas. No hay mayor halago posible para Evans, ni mejor testimonio de la excelencia de su campaña.

 

 

6. Trevon Bluiett – G, Senior, Xavier (27-4, 15-3 Big East)
19.4 pts, 5.6 reb, 2.6 ast, 45.2% TC, 43.4% T3, 85.4% TL.
A estas alturas ya no sorprende a nadie ver a Xavier entre la élite de la NCAA. Aún así, hemos asistido a un nuevo (y no nimio) episodio en la consolidación de los Musketeers como programa TOP: la conquista de la liga regular de la Big East (coto cerrado de Villanova durante los últimos años) y la probable concesión de un seed 1 en el NCAA Tournament. Y, si bien Xavier cuenta con una plantilla profunda y en absoluto parca en armamento ofensivo, no cabe duda de que Bluiett es la gran figura del equipo.

El escolta es uno de los atacantes más estéticos de toda la competición. Su mecánica de tiro, ágil y fluida, es una maravilla técnica. Cada año ha ido incorporando nuevos registros y recursos, especialmente en las inmediaciones del aro, donde maneja una importante variedad de floaters y rectificados. No tiene problemas para sumar sus puntos inmerso en el flujo del sistema, pero es perfectamente capaz de generar canastas por sí mismo. Un Bluiett atinado (lo habitual) desbloquea la mejor versión de Xavier, y es una versión que aspira a alcanzar la Final Four.

 

 

5. Trae Young – G, Freshman, Oklahoma (18-12, 8-10 Big 12)
27.5 pts, 3.9 reb, 8.9 ast, 1.7 rob, 5.2 per, 42.3% TC, 35.9 % T3, 85.9% TL.
Llega el punto más delicado de la columna. ¿Qué hacemos con Trae Young? ¿Cómo valoramos su temporada? No recuerdo nada igual. Durante la primera mitad del curso, Young fue uno de los grandes fenómenos mediáticos de la historia reciente del baloncesto universitario, sin duda el de mayor impacto desde que se desató la Jimmer Mania. Su incomparable estilo, sus inéditos números y los triunfos que acumuló Oklahoma hicieron de él el epicentro del universo NCAA. Se le comparó con Stephen Curry hasta desgastar el paralelismo, los mock drafts le auparon a sus Top 5 sin titubear. Era la estrella de la NCAA.

Si su ascensión fue meteórica, su caída fue trágica. Insisto en que aquel primer partido de Oklahoma ante West Virginia fue el punto de inflexión, el duelo que proporcionó a la Big 12 una guía para sacarle de ritmo y minimizar su impacto (básicamente, molerlo a palos, llevar la batalla al terreno mental, atosigarle lejos del aro con distintos defensores y contar con que el resto de Sooners no dieran pie con bola), y a partir de ahí Oklahoma (un conjunto que probablemente nunca fue tan bueno como pareció gracias a Young) entró en una combustión inédita, que amenaza con dejarla fuera del March Madness tras haber estado en el Top 5 del ranking de AP hace apenas dos meses.

Ha sido llamativo y triste ver cómo, en las últimas semanas, infinidad de periodistas y aficionados han perpetrado un atropello mediático contra el pobre Young (que acaba de salir del instituto y nunca pidió tamaña atención, de hecho ha sido obvio que le ha venido grande) después de haberlo encumbrado. En la discusión sobre su persona jamás hubo lugar para el gris, y pasó directamente de ser un héroe a ser un pufo.

Si me preguntan cómo definiría a Trae Young o cómo relataría su año en Oklahoma diría lo siguiente. Es un jugador único, para mí más en el molde de Steve Nash que en el de Stephen Curry (salvando muchísimo las distancias, evidentemente). Sus primeros dos meses de competición fueron algo increíble, y pienso que es injusto enterrarlos así como así, porque existieron. No olvidaré la emoción de esas primeras exhibiciones de Young, aunque ya entonces pareciera insostenible ese rendimiento. Enmascaró durante un buen tiempo las penurias de Oklahoma y disfrazó de estrellas a jugadores como Brady Manek. No fue ni tan bueno ni tan maduro como para evitar que el tren descarrilara cuando vinieron mal dadas, aunque a fin de cuentas ¿ha sido el balance de Oklahoma excesivamente distinto de lo que se preveía en noviembre? ¿No, verdad? Y no se puede olvidar el pequeño detalle de haber liderado la NCAA en puntos y en asistencias. La realidad fue dura con Trae Young, sí; no obstante, eliminar de la memoria aquellos dos meses de fantasía sería una injusticia y una lástima.

 

 

4. Keita Bates-Diop – F, Junior, Ohio State (24-7, 15-3 Big Ten)
19.4 pts, 8.8 reb, 1.7 ast, 1.7 tap, 1.0 rob, 48.4% TC, 35.8% T3, 77.9% TL.
Lo que apuntaba a ser el inicio de una dura reconstrucción en Columbus pasó a ser, de forma totalmente inesperada, una de las mejores campañas en la historia reciente de los Buckeyes. La clave del éxito de Chris Holtmann ha residido en identificar las virtudes y defectos de su plantel y explotar las primeras mientras escondía los segundos. En ese proceso de explotación de recursos, ha sido fundamental la entrega de las riendas del equipo a Keita Bates-Diop. El técnico supo darse cuenta de lo que tenía entre manos, le dijo a KBD que podía ser una estrella y el junior respondió con creces.

No cuesta encontrar argumentos para aupar a KBD a esta posición. Para mí, él y los tres jugadores que copan el podio del ranking constituyen los cuatro verdaderos aspirantes el trono de POY; me parecería comprensible que cualquiera de ellos recibiera esa distinción. Entre esta terna, KBD es sin duda el hombre de mayor impacto defensivo y el que menos ayuda recibe de sus compañeros. Por lo general, ha brillado en las citas más importantes del calendario de los Buckeyes, y ha hecho un emotivo esfuerzo por volver a poner de moda el uso de la media distancia. El flojo nivel de la Big Ten ha jugado en su contra, pero ha sido sin duda el MVP de la conferencia y esta siempre es una calificación de peso. La NBA vendrá llamando este verano; no obstante, si decide continuar en Ohio State comenzará la temporada 2018/19 sobradamente consagrado como una de las estrellas de la competición.

 

3. DeAndre Ayton – F, Freshman, Arizona (24-7, 14-4 Pac-12)
19.9 pts, 11.4 reb, 1.6 ast, 1.9 tap, 0.5 rob, 61.6% TC, 34.4% T3, 74.7% TL.
Ayton ha sido el tercer mejor jugador de la NCAA, ha conquistado el premio al POY de la Pac-12, se ha posicionado como máximo favorito a ser la primera elección del próximo Draft… y todo ello lo ha conseguido pese a no jugar en su posición y pese a estar criminalmente infrautilizado por su entrenador. Increíble.

Ver a Ayton por primera vez es, de por sí, una experiencia grandiosa. Causa esa sensación particular semejante a la que provocaba David Robinson o continúa despertando, aún hoy, LeBron James: “este tío ha nacido para jugar al baloncesto”. De todas formas, el bahameño es más que un cuerpo marmóreo esculpido a golpe de cincel. Ha demostrado unos instintos, una técnica y un fuego competitivo abrumadores, aunque debe apuntarse que su desidia en defensa ha sido molesta en ocasiones (más que nada porque, cuando se emplea a fondo, es un morlaco de cuidado). En cualquier caso, da la impresión de haber mejorado semana a semana durante su paso por Tucson. Su potencial está por las nubes.

Mi momento favorito de Ayton (quizás mi favorito de toda la NCAA este año) ocurrió hace apenas unas semanas. Hacía apenas 24 horas que ESPN había publicado una información (cuya veracidad sería puesta en duda poco después) según la cual el entrenador de Arizona, Sean Miller, habría conversado con un agente sobre un supuesto pago de 100.000 dólares a Ayton. Los Wildcats se disponían a enfrentarse a Oregon en Eugene, con la atención de todo el país sobre ellos y, especialmente, sobre su pívot de primer año. Y Ayton, impertérrito, no sólo no se dejó afectar por las circunstancias, sino que salió dispuesto a masacrar a los Ducks, como diciendo al mundo: “Me importa un carajo si me suspenden, si este es mi último partido voy a hacer que me recuerden”. Durante media hora hizo trizas a Oregon. Luego, en los diez minutos finales, prácticamente no tocó un balón. Arizona perdió. El bahameño acabó con un 28-14 que bien podría haber sido un 36-16 si Lorenzo Romar (Miller no estuvo en el banquillo aquella noche, pero con él habría ocurrido lo mismo) se hubiera entregado al Aytonsistema. Así ha sido la historia de Ayton: ha tenido un impacto superlativo… a pesar de estar encorsetado. Ojalá tengamos un DeAndre Desencadenado en el March Madness. Nos lo merecemos.

 

 

2. Jalen Brunson – G, Junior, Villanova (27-4, 14-4 Big East)
19.0 pts, 3.0 reb, 4.8 ast, 0.8 rob, 52.8% TC, 40.5% T3, 80.6% TL.
Brunson está arramblando con la mayoría de trofeos a Player of the Year y, la verdad, poco se puede objetar al respecto. Adoro al base de Villanova, que encarna como nadie los valores y el estilo que han hecho de los Wildcats el programa más consistentemente excelente del último lustro.

El principal mérito de Brunson reside en haber liderado un sistema ofensivo que ha alcanzado cotas de perfección históricas. Es la cabeza pensante de uno de los mejores ataques que ha visto la NCAA en este siglo. La mejor cualidad de Brunson es el inmutable control que ejerce sobre los partidos. Con una frialdad y una rapidez de cálculo estremecedoras, diríase que propias de un ajedrecista, Brunson analiza, mide, decide y vence asalto tras asalto. Y mete el miedo en el cuerpo del oponente por la velocidad a la que elige la acción más idónea, pero sobre todo porque cualquier opción es buena para él.

En situaciones de bloqueo directo, es mortífero. Con espacio, es un tirador estupendo; en sus penetraciones, sin estar especialmente dotado en el plano físico, utiliza con maestría el cuerpo y resuelve con acierto. Tiene un arma de otros tiempos que personalmente me enamora; se cuenta entre los jugadores más peligrosos del país cuando recibe un aclarado al poste bajo, lo cual es de locos dado que es un base de metro noventaypoco. En defensa es cumplidor y ya, aunque tampoco es que haya sido una cuestión prioritaria para Villanova esta campaña.

Brunson es, en definitiva, un base puro a la antigua usanza, increíblemente efectivo, que hace mejores a sus compañeros. Firmaría que siguiera jugando en los Wildcats toda la vida. Aún así, y reconozco que contra pronóstico, el número uno de la lista le ha ganado la partida. Por muy poco.

 

 

1. Devonte’ Graham – G, Senior, Kansas (24-7, 13-5 Big 12)
17.6 pts, 4.0 reb, 7.2 ast, 1.6 rob, 40.5% TC, 42.3% T3, 83% TL.
Corría noviembre y miraba a Graham con ojos escépticos. Siempre me había agradado en su función de complemento. Aquello, empero, era otra cosa. ¿En serio pensaba la gente que podría emular el brutal rendimiento de Frank Mason III, un tipo al que amaba a rabiar, el año anterior? Para mí esto era una herejía, dudaba de que Graham tuviera el carácter para erigirse en una personalidad tan dominante como la de Mason, un autentiquísimo producto neoyorquino que acojonaba al personal con una mirada.

Para más inri, esta Kansas olía mal. La identidad adoptada a la fuerza por Bill Self (cuatro exteriores, un interior y triples a cascoporro como norma) era casi contranatural. Los Jayhawks dependían (siguen dependiendo, de hecho) del lanzamiento exterior más que cualquier conjunto de élite. Cayeron inusuales derrotas en el otrora inexpugnable Allen Fieldhouse. La posibilidad de que Kansas no ganara la Big 12 por primera vez en casi tres lustros (justo en el año en que podía elevar la racha de títulos a catorce, superando a la UCLA de John Wooden) pareció más real que nunca. Y Graham habría sido señalado como el mejor jugador de la peor Kansas, el responsable principal de que expirara el mítico récord.

Graham, sencillamente, no aceptó este guión. Su fe, su orgullo y su competitividad, atributos que hasta hace poco habían permanecido latentes en su interior, han salvado La Racha. Y me atrevo a escribir dos enormes afirmaciones superlativas: en estos catorce años victoriosos, nunca antes una plantilla de Kansas había tenido tantas carencias, y nunca antes los Jayhawks habían dependido tanto de un solo hombre.

¿Suena exagerado? Kansas ha usado una rotación cogida con pinzas todo el año, de ocho integrantes como muchísimo y seis en muchos casos. De los dieciocho encuentros del calendario de la Big 12, Graham jugó los todos los minutos en trece. Self no podía permitirse sentarlo, porque sin él se venía abajo el delicado equilibrio ofensivo que alimentaba, a base de triples, el marcados de los Jayhawks. La exigencia que el técnico hall of famer ha depositado en Graham ha sido tan gigantesca que no le quedó otra que darle un día libre de entrenamientos a la semana, como si fuera el único obrero de una fábrica que hacía horas extra.

Pese al cansancio acumulado y a la creciente presión, Graham se fue engrandeciendo según avanzaba la campaña. Entendió que alguien, aparte de Udoka Azubuike, debía cargar de faltas a los interiores rivales y generar puntos desde la línea de personal; en consecuencia, fue reduciendo sus tendencias exteriores y atacando el aro con más frecuencia. Lidió con emparejamientos durísimos (cuatro de los diez primeros en este listado son bases de la Big 12) y salió airoso. Evitó tomarse más descansos de los estrictamente necesarios en defensa, pese a no poder descansar ni en el banquillo. Y apareció constantemente para tirar del carro en los momentos más grises de Kansas, como cuando hizo falta remontar (en dos ocasiones) contra West Virginia o en el duelo que decidió la regular season de la conferencia, cuando liquidó a Texas Tech con un par de triples y una bandeja imposible en los minutos finales.

Cada vez que he dudado de Graham, me ha callado la boca. A resiliencia y empuje no le ha ganado nadie. Me ha agotado a mí y ha agotado a sus oponentes de la Big 12, rendidos una vez más a la hegemonía de Kansas. En uno de los programas más históricos y laureados de la NCAA, Graham se retirará como uno de sus miembros más queridos y admirados. Su carta de despedida fue una obra maestra. A saber que pasará en el March Madness, pero en esta temporada regular de la NCAA, Devonte’ Graham ha sido el mejor.