Caer, levantarse, volver y ganar. Un año después, los fantasmas huyen de North Carolina tras un ejercicio de supervivencia ante Gonzaga. Y es que la gloria pasó por la tensión, la batalla y el protagonismo arbitral. Hoy aquel triple de Kris Jenkins ya queda atrás. Redención completada.

Los Tar Heels estaban a 40 minutos de redimirse, los Bulldogs de hacer historia. Una final inédita en un escenario listo para la locura. Guiones, caminos y estilos distintos, pero unidos por el mismo objetivo. Una victoria que para unos suponía el final y para otros el principio. Pero sobre todo, dos equipos con mayúsculas, y argumentos para un choque inolvidable. Lo fue, otra cosa es cómo.

Gonzaga con el timón, Josh Perkins a los cañones

Hace tiempo que los Zags dejaron de ser una Cenicienta, o una simple mid-major. Aún había quienes se atrevían a dudar de ellos. Mientras tanto, los chicos de Mark Few cogían las riendas del partido más importantes de sus vidas. Ajenos a cualquier prejuicio, no tuvieron problemas en demostrar que podían imponer su ritmo y trazar la hoja de ruta.

Las imprecisiones moldeaban el contexto, pero era Gonzaga quien ponía el reto: tempo bajo, exigencia física y muralla en la pintura. Los Tar Heels no sólo aceptaron, sino que contestaron a la misiva frenando en seco a Karnowski. Aunque Kennedy Meeks tenía buena parte de culpa, ninguno se quedaba atrás. Sin embargo, por mucho que Roy Williams quisiera enloquecer el partido, éste seguía las instrucciones de Nigel Williams-Goss.


El base de los Bulldogs sacaba a relucir su madurez. Supo leer su ventaja física sobre Joel Berry II para crear desde el poste, y así, iniciar un equilibrio ofensivo hasta ahora impedido por North Carolina. Entonces apareció Josh Perkins. No hay Final Four sin invitados sorpresa, y él se limitó a aprovechar la atención ajena para colarse en la fiesta. Y a base de triples. No había anotado ante los Gamecocks en la semifinal, pero consiguió poner el primer punto de inflexión.

Bailar sobre el alambre

A bote pronto no sabías cómo, pero los Tar Heels se iba sólo tres por debajo al descanso. Luego analizas lo visto, y acabas yendo más allá. Habían estado terriblemente desacertados desde fuera, jugando al compás del rival y sin el habitual dominio del rebote. La respuesta volvía a estar en los intangibles, en una fortaleza mental (y táctica) desarrollada durante la temporada y consolidada en las grandes citas.

Aguantaron los embistes con pluralidad ofensiva y un Joel Berry dispuesto a dejarlo todo. Aunque la raíz estaba atrás, en la discreción de un Karnowski al que no le dejaban entrar en juego. Sin el polaco sumando con regularidad, el sistema dentro-fuera de los Zags se tambalea. Y para UNC, en eso consistía.

El concierto arbitral

Con Berry a la cabeza, los Tar Heels querían coger las riendas. Más intensidad, dinamismo y agresividad atrás. Pero no serían ellos, ni siquiera con un 8-0 de parcial. Los árbitros decidieron que aquel era un buen momento para convertir el encuentro en una sinfonía de silbatos y un concurso de tiros libres. El trío de cebras tenía para todos, pero Gonzaga saldría escaldada.

La cuarta falta de Zach Collins sería sólo el principio. Una espiral de la que los Bulldogs no podrían salir. Tampoco a North Carolina le dejaban aprovecharlo. Entre el despropósito y el desconcierto, se estaba jugando la final nacional universitaria. Se pitaron 28 faltas sólo en la segunda parte, 44 en todo el partido. Nadie daba crédito, y la batalla seguía en las trincheras.

Porque detrás de la falta de puntería había un desgaste físico y mental abrumador. Un despliegue atrapado en el barro pero adornado por la igualdad. Con la expulsión de Collins, llegaba la hora de la verdad.

North Carolina resiste y decide

Si la épica llamaba a la puerta, Williams-Goss salió a recibirla. Aunque no había acción sin polémica, él aceptó y asumió la responsabilidad. Su determinación revolucionaba el envite, hasta que encontró contrincante. Una vez más, Joel Berry. Ante impotencia de Justin Jackson, él salía a la palestra.


Todo preparado para un thriller, que sin embargo, decidieron las defensas. Tras una brillante acción de Isaiah Hicks, Williams-Goss no dudó en cargar con el peso, como tampoco el muro los Tar Heels en frenarle los pies. El mundo podía esperar una gesta, pero acabó viendo como Meeks rechazaba su último intento. El balón salió despedido hacia Jackson y puso el punto y final. Sin game-winners ni heroicidades, pero con la victoria. Redención completada.

Mirar atrás

Hay muchas maneras de cerrar una espectacular temporada universitaria, pero ninguna mejor que el One Shining Moment. Porque la competición cautiva, pero la esencia engancha.