Los Angeles Lakers es quizá el equipo NBA que más titulares, debates y discusiones ha dado al periodismo en lo que va de temporada. Y no es para menos, porque tiene todos los ingredientes para que se hable de ellos: un proyecto multimillonario, grandes estrellas, cambio de entrenador, fiasco absoluto a nivel de resultados y continuos rumores de traspasos para intentar enderezar el rumbo de un barco que parece ir a la deriva y con el naufragio de quedarse fuera de los playoffs cada vez más cerca.

Yo propongo hoy un análisis diferente. Algo que he venido observando a lo largo de la temporada y muy especialmente en los últimos partidos. Algo que nada tiene que ver con números o estadísticas pero que puede ayudar a entender la situación del equipo y especialmente la de sus distintos protagonistas, porque si la cara es el espejo del alma en los rostros de los miembros de los Lakers debe estar al menos buena parte de la respuesta al enigma de su situación.

Steve Nash, la búsqueda del matemático

Poco recuerda en el rostro de Nash a las sonrisas que regalaba en los mejores tiempos de los Suns o en su llegada a Lakers. Por contra su gesto recuerda mucho más al de sus últimos años en la ciudad del desierto de Arizona. Pensativo y concentrado me hace pensar en un matemático en busca de la respuesta a una ecuación irresoluble, de la demostración de un teorema indemostrable. Nash mira cada jugada como el profesional con experiencia que es, como el futuro entrenador que será si es que no lo es ya, pero no halla respuestas.

Kobe Bryant, orgullo herido

Decía Scottie Pippen, cuando militaba en Portland a principios de la década del 2000 tras un partido de playoff contra los Lakers de Shaq y Kobe, que Bryant estaba tan obsesionado con imitar a Jordan que simulaba estar enfermo antes de los partidos para emular las gestas del 23 de los Bulls. No sé si está o no obsesionado por imitarlo pero lo cierto es que de todos los jugadores que han pasado por la NBA desde la retirada de Michael es el que más se parece en todo: estilo de juego, mecánica de tiro, plástica en los movimientos… y sobre todo en orgullo. Nunca he visto sonreír a Jordan en un partido en el que fuesen perdiendo, y tampoco a Kobe.

El rostro de Kobe refleja impotencia, rabia y casta. Parece en estado de permanente enfado. Quiere ganar pero no sabe cómo. Y quizá esto segundo sea una parte del problema. Las declaraciones y gestos de Kobe en caliente han sido y son un peligro para entrenadores, compañeros y química de equipo. Tiene liderazgo, nadie lo duda, pero la desesperación por buscar soluciones le lleva a hacer un uso de ese liderazgo que en ocasiones ayuda poco y en otras nada: un día dice que hay que dar más peso a Gasol y al día siguiente lo trata de “llorón” ante la prensa. Un día defiende al entrenador y dice que todos deben esforzarse por adaptarse a su sistema y al poco tiempo dice que el entrenador no saca partido de este o aquel y que hay que cambiar la manera de jugar.

El jugador lo da todo por el equipo, pero el líder a veces peca de exceso de orgullo y falta de reflexión.

Pau Gasol, el baluarte resquebrajado

Pau Gasol ha sido a lo largo de estos años la antítesis de Kobe en muchos aspectos. Paciencia frente a audacia, calma frente a ira, cabeza frente a sangre, modestia frente a orgullo. Para lo bueno y para lo malo. Precisamente de haber sabido combinar dos caracteres tan diferentes pueden haber venido buena parte de los éxitos del equipo en años pasados. Kobe era el ariete, el que hacía estragos en las líneas enemigas, el que luchaba contra la lógica con canastas imposibles, el que remontaba partidos perdidos… Pau era el baluarte, el que metía canastas fáciles imponiendo su calidad bajo los aros, el que aseguraba esos partidos que había que ganar, el que mantenía al equipo en los arranques de temporada, cuando los demás aún no estaban a tope de forma. El que nunca lucía pero nunca fallaba. La combinación era buena pero las recompensas muy distintas: el ariete levanta a las masas, el baluarte recibe los impactos de las catapultas.

Y tras años de cabeza de turco siendo señalado como el culpable de todos los males de LA por fin ha llegado el año en que el baluarte se ha resquebrajado. Problemas físicos, el sistema D’Antoni, las continuas dudas sobre él o la suma de todo, lo cierto es que Pau no está rindiendo a su nivel.

En su rostro se ve desesperanza, abatimiento y frustración. Quizá a Pau le vendría bien una transfusión de Kobe. Quizá debería tener más orgullo en la cancha y fuera de ella. En la cancha para quejarse menos y pelear más. Fuera de ello para reivindicar lo que es suyo y para pedir sin medias tintas el traspaso si no se lo dan.

¿De qué se ríe Howard?

En medio de todos los rostros de rabia, abatimiento, concentración y desesperación de los Lakers de repente reparo en algo que me deja completamente desencajado: Howard se está riendo. Pierden con uno de los peores equipos de la liga y se ríe, tira un tiro libre que casi rompe el tablero y se ríe… ¿de qué se ríe?

No quiero ahora culpabilizar a Howard principalmente porque no creo que sea el culpable. Howard está en su papel y haciendo sus números. Se ha sido además injusto con él a principio de temporada, cuando al fin y al cabo venía de operarse de la espalda y sin hacer pretemporada… Pero hay algo más que eso que para mi hay que exigir a todo profesional y es compromiso. El año pasado estaba en Orlando y puede que el año que viene esté en Brooklyn, Atlanta o donde sea, pero ahora está en los Lakers y aunque él estuviese jugando perfecto y haciendo los mejores números de su carrera un jugador con orgullo, con raza y con sangre de ganador no puede reírse mientras su equipo, creado para dominar la liga, está fuera de playoff.

Y esa risa refleja también una parte del problema. Howard parece más preocupado por él que por el equipo. Por tener más tiros y meter más puntos que por ser el muro defensivo que el equipo necesita. Parece pensar más en lo que el equipo debe hacer para mejorarlo a él que en lo que debe hacer él para mejorar al equipo.

Metta World Peace y el don de la locura

En medio de la crisis de resultados, de las dudas, las frustraciones y el desbarajuste absoluto un jugador emerge más centrado que nunca: Ron Artest o Metta World Peace.

No deja de ser irónico que un jugador que siempre ha tenido problemas de concentración y de control de la agresividad esté centrado cuando nadie lo está y rinda cuando la presión es mayor que nunca. Sin embargo en su rostro está buena parte de la respuesta a su gran nivel: es que él es ajeno a todo eso. Dicen que la locura es un don que libra al hombre de los problemas del mundo. Artest está ahí, con su rostro imperturbable, centrado y jugando. Su concentración parece depender más del resultado de su última sesión de psicoterapia que de las circunstancias del equipo, rumores o disputas. Y en cierto modo es lógico que así sea. Artest parece estar en su oasis haciendo su trabajo mientras fuera en el desierto nadie acierta a encontrar el camino.

Mike D’Antoni y la duda más temida

Tras los éxitos ligados a los Suns, al run&gun y a Steve Nash, D’Antoni perdió buena parte de su prestigio en unos Knicks donde nunca llegó a dar con las teclas adecuadas. Muchos detractores no dudaron entonces en atacar y el que fuera alabado en Phoenix vio como todo lo que había hecho se ponía en duda: desde los que decían que no sabía dirigir un equipo más que en un sistema run&gun hasta los que aseguraban que no sabía dirigir un equipo en absoluto y que los Suns funcionaban gracias a Nash y no a él.

La llegada a Lakers era la oportunidad de la redención. La oportunidad de demostrar que podía dirigir a un equipo con dos pivots altos. Y cogió esa oportunidad con valentía y decisión. Sin esconderse. Llegó dejándolo claro: el objetivo era el anillo. Cualquier otra cosa es un fracaso.

Llevo varios partidos escudriñando su rostro porque veía algo pero no sabía qué era. Hay algo más allá de lo obvio: la preocupación por un proyecto que no funciona, la búsqueda de soluciones, la presión de una franquicia como los Lakers en plena crisis… Todo eso está en su rostro, pero hay algo más. Por momentos en el banquillo se le nota una mirada vacía, una mirada que parece dirigida a lo más profundo de su propio ser. Una mirada que a mi mismo me produce escalofríos… ¿Qué es lo que mira?… Y por fin creo haberlo descubierto. Esa mirada refleja la más temida de las dudas. Él llegó a Lakers para demostrar su valía y estoy convencido de que llegó sin esconderse porque estaba convencido de esa valía pero… ¿y si no vale? ¿Y si lo que decían los detractores es cierto? ¿Y si realmente aquellos Suns funcionaban gracias a Nash y no a él? ¿Y si ha venido a demostrarle a todos que vale mucho y se demuestra a si mismo que no vale nada?

La duda es mala consejera en los banquillos. D’Antoni está perdido en la dirección de los Lakers y perdido también en el fondo de si mismo. Quizá sólo le quede una tabla de salvación: si realmente solo vale para un tipo de juego vamos a jugar a ese tipo de juego. Traspasar a Pau en busca de exteriores, piernas jóvenes y nivel atlético, poner el timón en manos de Nash y rezar para que su cuerpo de 38 años aguante.

Los Lakers son ahora mismo un mar de dudas que van del entrenador al equipo y del equipo al entrenador. Son ese caminante que se encuentra una gran roca en el camino y no sabe si intentar trepar por encima, rodearla o dar la vuelta y buscar otro camino. Y lo peor es que parece que han optado por rodearla pero no han encontrado sendero, han intentado treparla y se han caído y ahora se plantean que hay que coger otro camino, pero ya están cansados y heridos. Y la noche se acerca.