Lonzo Ball parece ser el nuevo fenómeno del baloncesto mundial. Desde la universidad de UCLA, aspira a ser el próximo número uno del draft en una ardua pelea con Markelle Fultz, de Washington. Base de alta estatura y gran visión, los ‘gurús’ de la mejor liga de baloncesto del mundo ya auguran que será un jugador que cambie a la franquicia que logre hacerse con sus servicios.

Además de por su calidad como jugador, Ball es un fenómeno mediático. Desde que comenzara la temporada universitaria, el tan temido como habitual ‘hype’ con respecto a él se ha disparado. Los ya extintos vines, Instagram, videos en Twitter y Youtube. Todo habla de él. Le rodea el glamour, los medios, la presión, todo lo que un jugador universitario aspirante a estrella debe soportar. Y todo ello, alimentado por un padre, LaVar, que compara a su hijo con Stephen Curry cada vez que un micrófono se le acerca.

Resulta curioso observar que, viendo la historia del guard de UCLA, es difícil no pensar en una figura histórica de la NBA que también fue una gran estrella en la universidad, quizás la más grande de ellas, rodeada por el furor de las masas. El relato de Lonzo Ball, todo lo que le rodea, recuerda a ‘Pistol’ Pete Maravich.

La figura de Maravich, perfilada a la perfección por Mark Kriegel en el maravilloso libro ‘Pistol’, describe una vida que bien se podría parecer en sus inicios a la del actual Lonzo Ball, que antes de dar el salto a la mejor liga del mundo presenta numerosos paralelismos con uno de los más talentosos jugadores exteriores que alguna vez pisó una pista de baloncesto, aunque con casi medio siglo de diferencia.

El primero y más importante paralelismo entre ambos se sitúa en la figura paterna. Tanto Press Maravich como LaVar Ball, padres de Pete y de Lonzo respectivamente (déjese aparte que ambos padres casi comparten nombre con sus hijos) son el mismo tipo de progenitor: Ex-deportista frustrado que se vuelca en convertir a su hijo en una figura. Press Maravich fue baloncestista en la época de los treinta, cuando aún el profesionalismo se reducía a los equipos ambulantes. LaVar Ball fue Tight End en los New York Jets y los Carolina Panthers después de jugar al baloncesto en College. Esto ha definido de forma muy clara el trato a sus retoños: Protección, exigencia, exageración.

En su libro, Kriegel cuenta como desde muy temprana edad, Press Maravich obligaba a su hijo a realizar durísimos entrenamientos técnicos que se alargaban durante horas, con la mente puesta en que tuviera una técnica depurada. En la actualidad, y como si de un espejo se tratara, se ha conocido que LaVar Ball ha entrenado de forma personal a Lonzo desde que tenía cuatro años, no como un entrenamiento normal, sino como una ‘tutorización’ que lo iba a llevar a ser una estrella, lo que despierta una comparación más que justificada.

La sobreprotección también es evidente. En el caso de Maravich, su padre le entrenó durante toda su carrera hasta llegar a la NBA. Escuela, High-School, College, a donde iba Pete, iba Press, con lo que eso conllevaba. Maravich hijo andaba a sus anchas porque su padre le daba todo lo que pedía. En el caso de Ball, su padre no ha sido su entrenador, pero sí se advierten conductas sobreprotectoras entre padre e hijo.

Además, las figuras de ambos padres se caracterizan por ser ciertamente fanfarronas a la hora de hablar y actuar con respecto a sus hijos. Mientras que LaVar Ball ha dejado caer en varias ocasiones que Lonzo va a ser el mejor de la historia, entre otras perlas, en su época era habitual escuchar hablar a Press Maravich sobre su hijo, al que antes de llegar al profesionalismo consideraba como el mejor jugador en la tierra, y entre otras cosas, ‘su producto maestro’. Cabe decir que Press Maravich siempre decía que su hijo iba a cambiar el juego y que iba a ser el primer jugador en conseguir un contrato de un millón de dólares (como así hizo).

Si nos vamos a los protagonistas de la historia, los paralelismos crecen. Pete Maravich fue número 1 del draft de 1970, al igual que ahora aspira a serlo Lonzo Ball en 2017. El juego de ambos, aunque con casi 50 años de diferencia entre los dos, se asemeja en la espectacularidad del mismo, y en la ‘novedad’ que sus respectivos estilos aportan a su época. Mientras que Maravich revolucionó el juego merced a sus malabarismos y a su letal capacidad anotadora, Lonzo Ball se comporta como un controlador de todos los aspectos del juego en un mundo en el que los bases cada vez se dedican más a la anotación por encima de todo. Obviamente, no se puede ni acercar a predecir si Lonzo cambiará el baloncesto, como sí podemos afirmar que logró Maravich, pero el paralelismo de un estilo anacrónico a su tiempo es observable.

Ambos han elevado el rendimiento de universidades que se encontraban a la baja: Maravich llevó a LSU a la élite de las universidades de la época prácticamente de la nada, logrando que se construyera un nuevo pabellón debido a la cantidad de gente que él llevaba al mismo, entre otras cosas, y Lonzo Ball, en menor medida, ha llevado en tan solo un año a UCLA de temporadas mediocres al Top-5 del ranking nacional.

Hombres escondidos bajo el abrigo y la figura mediática de sus padres. Niños ‘destinados’ a ser estrellas. Tanto Maravich como Ball son dos gotas de agua en estos aspectos. Y todos los amantes de otras épocas NBA recuerdan como acabó Maravich: Estar tan protegido y controlado por su padre le provocó problemas de confianza al pasar al ‘mundo real’. Todo lo que hasta entonces había vivido (privilegios por ser el talentoso hijo del entrenador, lujos y furor de las masas), se convirtió en una pesadilla que acabó destrozando mentalmente a un jugador que iba a marcar historia y que se quedó en una grandísima estrella, mito para muchos, pero lejos del olimpo de la liga. Ahora Ball puede seguir esa estela o desmarcarse por completo llevando a cabo la carrera de éxito que se le achaca.

Lonzo y Pete, Pete y Lonzo. Los paralelismos entre ambos se suceden a medida que avanza la carrera del segundo. El próximo paso será saber si Lonzo Ball es capaz de sobrellevar mentalmente el salto a la NBA, algo que Maravich nunca fue capaz de hacer. Por el bien del baloncesto, esperemos que así sea.