El año 2009 no fue un año cualquiera para el baloncesto español. Pau, nuestro Pau, conseguía su primer anillo como campeón NBA, algo inédito en nuestra historia. También el año en que por fin un español llegaba a los 10.000 puntos en la NBA. Y la primera vez en que se enfrentaría a su hermano en la máxima competición cestista del mundo, algo que se ha convertido en tónica general con el paso de las temporadas. El mundo del baloncesto español clavaba su mirada en una NBA donde Pau y los Lakers regresaban a lo más alto. Uno de los grandes de la historia recogía nuevamente el título de campeón tras muchos años en un segundo plano.

Pero mientras tanto, unos pocos meses antes, algo muy grande se fraguaría a nivel universitario. Uno de los grandes de la historia del college basketball estaba muy cerca de volver al Olimpo de manos de un John Calipari que había probado de todo para llevar a Memphis a lo más alto –incluso con la ilegalidad bajos sus pies, hola Derrick Rose– pero que acabó quedando en agua de borrajas. Y de paso, con su histórica última temporada en los Tigers en la basura con motivo del escándalo sobre la ex-estrella de Memphis.

Puede gustar más o gustar menos, pero Calipari ha sentado cátedra en el baloncesto universitario moderno con Kentucky desde entonces, dejando de lado las anteriores y deplorables temporadas de Billy Gillispie y abriendo una etapa donde el masivo recruitment de estrellas de High School ha sido la tónica en Lexington, con un éxito mayúsculo.

Con John Wall, DeMarcus Cousins y Eric Bledsoe llegó el primer gran «súper equipo» de Kentucky, y los resultados positivos no tardaron en llegar al campus. Y también la soberbia y el engreimiento de su plantilla por su supremacía respecto al resto de equipos con los que se topaban, para qué engañarnos. Kentucky –y por ende Calipari– fue venerado y glorificado por su innata capacidad de acaparar talento y recuperar la hegemonía de Kentucky a nivel universitario, como de ser objeto de duras críticas porque rompía las leyes no escritas sobre los valores éticos de las competiciones universitarias, inculcando el valor de los «dollars» y la gloria profesional por encima de la formación académico-deportiva que ofrece cada universidad.

Posteriormente alcanzó su primera Final Four en años para Kentucky con Doron Lamb, Brandon Knight y Terrence Jones, hasta que por fin llegó su esperado y ansiado título universitario en su tercera etapa en los Wildcats, donde consiguió encajar la versatilidad de Michael Kidd-Gilchrist, la muñeca caliente de Kyle Wiltjer, la visión de Marquis Teague con la abominable capacidad de Anthony Davis para machacar a sus rivales en ambos lados de la pista, y donde Terrence Jones, Doron Lamb y Sean Miller jugaron papeles esenciales para la consecución final del campeonato.

Un año eterno, y que difícilmente se olvidará en la NCAA. Era la prueba del éxito del «método Calipari», y sus detractores cogieron sitio en la cueva, porque el éxito iba para rato… O quizás no.

El triunfo pasado desembocaría en un año 2013 de auténtico fracaso, donde ni los recruits cinco estrellas (Nerlens Noel, Alex Poyhress, Willie Cauley-Stein y Archie Goodwin) ni la permanencia de jugadores algo más experimentados como Kyle Wiltjer o Ryan Harrow les permitió clasificarse siquiera al NCAA Tournament, desembocando en un NIT histórico donde fueron apeados por una gran Robert Morris en la primera ronda. Y la cueva volvió a quedar vacía.

Pero el hype volvió, hasta el punto insospechado de que algunos analistas llamaron a la nueva clase los próximos Fab Five (los hermanos Harrison, James Young, Julius Randle y Dakari Johnson), todos McDonald’s All-American y dentro de los 15 mejores jugadores de su generación. El éxito fue patente –pese a que Florida fue superior a ellos dentro de la SEC– y alcanzaron con más sufrimiento que entereza la mismísima final, pero Shabazz Napier decidió dejar el campeonato en manos de UConn.

Volvieron a alcanzar un año después la Final Four con Karl-Anthony Towns al frente, pero esta vez se toparon con una gran Wisconsin. Similar camino –aunque con menor éxito final– lograron en 2016 con Jamal Murray, Skal Labissiere e Isaiah Briscoe liderando la talentosa camada de freshmen. Y si bien el año pasado era mucho más notorio el positivismo con jugadores de gran calibre como Malik Monk, De’Aaron Fox o Bam Adebayo, el resultado quedó patente nuevamente.

Los cinco estrellas caían como churros en Kentucky, y muchos de los grandes jugadores de High School seguían considerando a John Calipari como un rápido trampolín al éxito profesional. Pero el sistema había cambiado. Coach Cal implantó una ideología que con el paso de los años ha sido extendida a muchos de los grandes programas de baloncesto colegial (Duke, Arizona, Michigan State…), y Kentucky perdió el monopolio de los one-and-dones. Y con ello, buena parte del hype generado en sus primeros años.

En este 2017 las expectaciones volvieron a estar por las nubes, pero pronto Calipari rebajó tensiones. «No seremos tan espectaculares como otros años», advertía en unas declaraciones a ESPN durante la pretemporada. No sabemos si para quitar la carga sobre su –nuevo– equipo, contando con la plantilla más joven desde que es entrenador de Kentucky, plagada de freshmen y muy pocos jugadores experimentados en la universidad, o bien porque quiere quitarse de encima ese bombo publicitario en la NCAA, ese hype tan característico que le ha acompañado en temporadas atrás.

Lo cierto es que la presión a la que está sometido Calipari y Kentucky es más que notoria. Este año cumple su octava temporada en el programa, y únicamente el título de 2013 ocupa sus vitrinas durante este tramo, un entrenador traído a Lexington con el único objetivo de lograr el campeonato nacional cada año y hacer de Kentucky un conjunto poco menos que imbatible a base de clases de reclutamiento históricas. Otra vez, el hype.

En total, de sus once jugadores becados ocho son jugadores de primer año, y tres son de segundo año. Se ha demostrado que la experiencia es un factor clave a la hora de obtener grandes hazañas en el baloncesto universitario, y no tenemos por qué salir de Kentucky para hacernos eco de ello.

En el campeonato de 2013 Anthony Davis contaba con la ayuda de Doron Lamb, Darius Miller y Terrence Jones, tres figuras clave tanto en la pista como en los vestuarios. En 2015 Willie Cauley-Stein y los hermanos Harrison fueron decisivos para Karl-Anthony Towns y Devin Booker en la inolvidable campaña del 38-1. Incluso, John Wall y DeMarcus Cousins contaron con la importante ayuda de Patrick Patterson o DeAndre Liggins en la primera temporada de Calipari al frente del programa. Que Kentucky no necesite de jugadores con experiencia en la liga para optar a lo más alto es un clamoroso error, y este año puede pasarles nuevamente factura. O, quizás, ya le esté pasando.

Su debut esta temporada ante Utah Valley dejó mucho que desear, y en momentos puntuales del encuentro se pudo hablar incluso de ridículo. Ese exceso de juventud se dejó notar, poca circulación de bola, muchos tiros precipitados frutos de la ansiedad, defensa casi nula y donde el partido acabó siendo ganado fruto del talento de su plantilla y un parcial de 18-0 en los últimos instantes que rompió finalmente el choque. Ante Vermont, también en el Rupp Arena, volvieron a jugar con fuego y a punto estuvieron de caer de no ser por el desacierto exterior de los Catamounts en los últimos instantes. Ante Kansas en el Champions Classic mostraron cierta mejoría ante su primer gran rival de importancia del año, pero la derrota fue merecida ante unos Jayhawks más trabajados y hechos a estas alturas de competición.

«Todavía no tengo las manos en el botón de pánico. Tengo los dos pies ahí, pero todavía no tengo las manos», relataba Calipari con un preocupante tono humorístico.

No eximimos a Kentucky de su talento individual, pero deben ganar experiencia a la velocidad de la luz si quieren tener mínimas opciones de llegar a la Final Four. Wenyen Gabriel es el jugador más experimentado de la plantilla, un versátil ala-pívot sophomore de gran talento para el rebote y la intimidación que fue un habitual en la rotación de Calipari la pasada temporada, aunque apenas jugó 25 minutos en todo el NCAA Tournament del pasado año.  Su aportación en este inicio de temporada está siendo muy buena, y debe seguir refrendándolo a medida que transcurre la temporada. También el ala-pívot Sacha Killeya-Jones suma su segunda campaña en Lexington, otro jugador que entra en su año sophomore pero que apenas promedió 6.4 minutos de media la temporada, y sin contar con Calipari desde el pasado mes de enero. De momento, aprovecha los minutos que le deja el lesionado Vanderbilt. Menos podemos hablar del neozelandés Tai Wynyard, tercer ala-pívot sophomore del pack, y que hasta este inicio de temporada no disputaba un solo minuto desde febrero. Sus 3.6 minutos de media por encuentro resultan, cuanto menos, impactantes.

Por si fuera poco, Kentucky no puede contar para este inicio de temporada con dos de sus freshmen por lesión por lo que, además, la rotación se recorta considerablemente. Primero fue el prometedor ala-pívot Jarred Vanderbilt, que se lesionó en su pie izquierdo en septiembre durante la pretemporada, y cuyo período de recuperación se estima hasta enero. Y luego se supo de la baja de Jemarl Baker, escolta de gran talento para el tiro exterior al que su lesión de rodilla podría dejarle fuera de la temporada hasta el SEC Tournament.

La joya de la corona es Kevin Knox, un 3-4 de gran potencial ofensivo pero que ha dejado sentimientos contrapuestos en este inicio. Ofensivamente es muy complicado de defender por su buena envergadura, generando continuamente superioridades con su defensor y cerca del aro es una bestia parda imparable, pero no termina de ser ese referente que Kentucky necesita para ir al siguiente nivel, intermitente en este inicio. Y defensivamente, eso sí, deja mucho que desear, más siendo un jugador de sus características físicas, siendo muy lento y muchas veces sin ver por dónde viene su defensor. Necesitamos ver al gran Knox que tanto nos han vendido este verano y que todavía no ha llegado a la NCAA.

La otra gran esperanza de Kentucky es Hamidou Diallo, quien ya estuvo disponible el pasado semestre y que a punto estuvo de ser el segundo none-and-done de la era Calipari, tras Enes Kanter. Jugador mucho más activo que Knox en este inicio, con mucha más presencia en ataque, enérgico, que está corriendo muy bien la pista para los contraataques y que ya ha dejado pasear su buena muñeca. Tiene mucho talento ofensivamente hablando, y quizás podría convertirse en un Malik Monk con más físico… pero de momento la comparación se le queda grande.

Otro jugador que también ha dejado muy buenas sensaciones en este inicio es el canadiense Shai Gilgeous-Alexander. Jugador muy enérgico, que circula muy bien la pelota y que, pese a no tener un físico especialmente espectacular, se ha mostrado muy activo en labores defensivas. Le falta quizás tener más confianza de cara a mirar el aro desde media y larga distancia. Hasta ahora, con mayor protagonismo y dando más seguridad y alternativas con el balón que Quade Green en la dirección del equipo, otro al que se le espera en este inicio de temporada, ya que por lo visto hasta ahora no termina de convencer como ese base titular y sólido necesario para un contender al campeonato nacional.

Este año no cuentan con una pareja de jugadores interiores especialmente prometedora, y aunque Wenyen Gabriel esté realizando un gran inicio de campaña se espera mucha más incidencia de dos jugadores del talento de P.J. Washington y Nick Richards. El primero presenta una evidente falta de centímetros para terminar de despuntar como un sólido ‘4’ NBA, aunque para college basketball puede ser suficiente. Su actitud es buena sobre la pista, saliendo muy bien a puntear balones, activo en segundas oportunidades y en defensa está siendo muy rápido de pies a la hora de salir a la bombilla exterior para el pick-and-roll rival. Eso sí, sus problemas con las pérdidas puede ser un serio problema. El caso del jamaicano Richards es mucho más sangrante, si cabe, siendo el único pívot puro de la plantilla y que cuya nula aportación ofensiva ha hecho que Calipari opte por dar más minutos a Gabriel o –más frecuentemente– jugar con Knox de 4 y con Washington de 5 en muchos momentos, aprovechando para tener más carga exterior y movimiento de balón con Gilgeous-Alexander y Green juntos en la pista. En cualquier caso, la defensa interior de Kentucky está siendo de lo menos honroso del equipo en este inicio de temporada.

La sensación de esta nueva Kentucky no es especialmente prometedora, dado su rendimiento en esta primera semana de competición. Acaban de empezar, están amoldándose a los esquemas de Calipari, casi todos son chavales de 18 y 19 años… no se les puede reprochar mucho. Pero lo que sí que es preocupante, es que la sensación que dan estos Wildcats se asemeja más a la Kentucky de 2013 que a la que nos tienen acostumbrados habitualmente. Les daremos tiempo –no mucho, que su reputación les precede– pero hay que estar preparados para lo peor.

El hype sigue descendiendo. ¿Qué le queda ahora a Kentucky?