A finales de noviembre del 2016, uno de los grandes tiradores de la campaña 2015-16 estaba totalmente desaparecido. Como el que calienta la muñeca, aquel respetado triplista que tan buen sabor de boca dejó durante la temporada anterior, empezaba el curso de manera horrorosa para descontento de los suyos. El alero, que promediaba casi 30 minutos de acción, era uno de los protagonistas de su escuadra, anotador exterior por excelencia y gran fichaje en las ligas de fantasía por su versatilidad y aportación defensiva. Sin embargo, con un 24.7% de acierto desde la línea de 3 en 6.4 intentos por noche y un porcentaje de tiro del 26%, se había convertido en un agujero negro de desesperación.

Hasta el mes de Diciembre, solamente pasó del 35% de tiros de campo en 6 encuentros y, a nivel de eficiencia, solo un jugador le sobrepasaba en nota negativa jugando los mismos o más minutos: Rajon Rondo –sí, que un tirador tenga peor eFG que Rondo es muy preocupante-.

No obstante, como el tiempo ha parecido relatar, en la vida todo es cuestión de procesos.

Tropiezos

Como una estrella fugaz, la noche del Draft pasa rápida y lejana ante los ojos de aspirantes a profesionales durante una velada especial; demasiado veloz para cumplir deseos, demasiado preciado para ser verdad, pensarán algunos. Aquellos desafortunados que quedan en la cuneta del estrellato, sin contrato, a menudo con la única aspiración de aparecer como jugador destacado no drafteado en el apartado final de la Wikipedia.

Muchos chicos que han pasado cuatro años trabajando para hacerse un nombre en el baloncesto universitario, llegan pasados de fecha para la NBA: por características, por falta de atractivos o, directamente, por viejos. La demanda de sangre fresca vive al alza eternamente y un perfil de veterano de ‘College Ball’ en ocasiones cae como un peso muerto frente a los ojos del General Manager. Si no hay un factor diferencial más allá que la actitud y el liderazgo, las oficinas de la mejor liga de baloncesto del mundo tienden a jugársela con jóvenes por desarrollar. Al fin y al cabo, un ‘Senior’ tiene ya mucha experiencia en la Universidad y su tipo de juego, además de partir con ventaja por la adaptación física y mental; en comparación, el riesgo puede salir rentable.

Eso debieron pensar con Robert Covington, jugador de los Philadephia 76ers. Tras cuatro prolíficos años en Tennessee State, quedaría fuera de uno de los últimos y peores Drafts de la NBA, el del año 2013. Durante su ‘Rookie Season’, solo jugaría 7 partidos con los Houston Rockets, que marearon a Covington con constantes idas y venidas de la D-League.

Comienzos

Donde algunos ven un desierto a recorrer, otros ven una aventura por vivir; aquí empezaba el camino de Robert Covington en el baloncesto de elite. La D-League fue un entrenamiento para alguien que ya estuvo cuatro años batallando bajo los tableros de la NCAA; la liga de desarrollo puede ser una gran herramienta para esos jugadores que necesitan más recorrido en una competición menos exigente, pero no era así con Robert. A él le sirvió para darse a conocer y confirmar que había un hueco para él en una de las 30 franquicias de la NBA, ganando fama a base de títulos y triunfos. Estuvo dentro del mejor quinteto de novatos y del absoluto además de proclamarse MVP del All-Star Game, una buena tarjeta de presentación que llegaría a la cartera del General Manager: el últimamente idolatrado Sam Hinkie.

Los dos primeros años en el equipo de Pennsylvania estuvieron marcados por el rastro de sangre roja que dejaba a su paso el tanque de los Sixers; una máquina pesada de perder a la que el tiempo y la paciencia han dado cierto sentido organizativo. Dentro de lo que ha representado para la NBA el precedente de derrotas, el rojo que teñía al calendario también teñía el vestuario, ya que la purga de jugadores con los que se contaba fue constante. Incluso aquellos que llegaron a ver algún atisbo de luz como Tony Wroten, Michael Carter Williams o Ish Smith, ya no siguen en la plantilla en la actualidad, hecho que denota la criba constante a la que se sometió a la base tangible de la franquicia.

Uno de los dos supervivientes que todavía sigue en pie es, precisamente, Covington -el otro es el bueno de Nerlens Noel, que por el momento no saldrá del equipo-. Es muy sintomático que alguien con su perfil siga en la organización y siga ganando peso, un jugador con necesidad de bola que ha sabido imprimir dureza defensiva desde el minuto 1 y abrazar la filosofía que un día Hinkie y Brett Brown propusieron: trabajar mirando hacia adelante, con esfuerzo y sin frustraciones ni miedo a la derrota.

 

Procesos

El pasado mes de enero fue el máximo exponente de lo que Phily quería: un balance mensual de 10-5 que devolvía la ilusión a la grada, encantada con ver a Joel Embiid recogiendo todas las rosas que se lanzaban a cada acción del gigantón. En la sombra de ‘The Process’, el otro proceso: el crecimiento. Covington se ha asentado como un jugador muy válido para cualquier equipo interesado en hacerse con su contrato y tiene peso en el vestuario. Por experiencia, permanencia, valor y saber hacer se ha ganado su puesto a pulso, llegando a disputar jugadas clave para cerrar los partidos con sonados ‘buzzerbeater’.

Actualmente, RoCo es la tercera rueda del proyecto y la sorpresa de críticos y escépticos, pasando de caer en el olvido durante la noche del draft a ser considerado un defensor de elite y un complemento ofensivo de mucha calidad en la estructura de juego que se impone día a día en la NBA. Esta temporada sus números han dado un paso atrás en conjunto, arrastrando un fatal inicio de temporada; por contra, promedia más de 30 minutos por partido (31.1 mpp, máximo personal) en un alarde de confianza por parte del staff técnico, que sigue apostando por Covington. La respuesta, en forma de excepcional rendimiento numérico y sobre la pista: es el comandante de la defensa exterior y aprovecha la garra de T.J. McConnell para dar mentalizar una estructura construida sobre Joel Embiid, sin el cual todo tambalea; ha firmado 15.9 puntos por encuentro durante los últimos 13 choques y, al igual que protegiendo su propio tablero, lo ha hecho con trabajo y esfuerzo.

Cambios

Aunque lo visto hasta el momento es muy interesante, no hay que engañarse: los Sixers vuelven a estar entre los tres últimos del Este y volverán a perder un gran número de partidos. No tendría sentido que decidieran competir y alargar el desgaste de la plantilla: Joel Embiid vuelve a estar de baja por problemas en la rodilla pese a estar limitado y Ben Simmons tiene que hacer pretemporada de algún modo. Lo mejor de todo será dar descanso a Embiid y centrarse en rodar a los jóvenes que interesen y potenciar las explosiones de aquellos que todavía pueden ofrecer mucho. Hablamos de Nerlens Noel, Nik Stauskas, Dario Saric, el propio Simmons y hasta Jahlil Okafor, que no está tan fuera del equipo como se pensaba.

Ante esta perspectiva de futuro, Covington puede sonreír. El de Illinois tiene tiempo para jugar con calma, sin presiones, cogiendo confianza para hacer valer sus condiciones físicas y técnicas para asentarse como un rival difícil al que enfrentarse -todavía se muestra un paso por debajo a nivel mental en los ‘matchups’ con figuras como LeBron-. Al fin y al cabo, Robert dispone de tiempo y está en el momento perfecto de levantar la cabeza, trabajar y seguir disfrutando de su otro proceso.