El verano del año 2017 será recordado durante mucho tiempo en la NBA. Permanecerá en la memoria de muchos como ‘El verano de los superequipos’, aunque podría decirse que ha sido lo más loco de la historia de la liga. En general, las oficinas se han puesto las pilas con la vista fijada al futuro, trabajando en dos líneas básicas de actuación.

1.El de sobras conocido Tanking.

2.Ajuntar la mayor cantidad de grandes estrellas en un conjunto para formar un núcleo de una calidad espectacular, capaz de atraer a buenos agentes libres por precios de saldo.

Las cabezas pensantes de la competición han añadido un factor variable que deberá tenerse en cuenta en breves. Un cambio en la asignación de las posiciones del draft que intentará romper con la tendencia de no competir para conseguir talento joven en la lotería. Teóricamente, la modificación suprimirá una de las dos filosofías predominantes de construir un equipo ganador, por lo que tendremos nuevas tendencias.

Para aquellos grandes equipos que han blindado a sus cracks, el nuevo rumbo que tomará la NBA no será objeto de preocupación -al menos durante sus años ganadores-. Sin embargo, sí lo será para la clase media de la liga. Proyectos deportivos a medio deshacer, huérfanos tras una desbandada general cuyo rumbo no ha sido redirigido de forma inmediata. Sin el aliciente claro de una mejor posición en el draft, existirán franquicias que vaguen por el cosmos competitivo con más pena que gloria. Hablamos de ciudades concretas: mientras que Nueva York siempre será un reclamo de por sí, Minnesota nunca podrá serlo. La dualidad de la geografía estadounidense tendrá un impacto muy negativo sobre las dinámicas negativas.

¿Cuál es el aspecto más positivo de la remodelación? Parece evidente que el nuevo reglamento es mejor para el aficionado, pero cuesta ver el impacto positivos para las escuadras que no opten al título desde el primer día del campeonato.

Si la NBA sigue con su idea de estimular la competencia, perder no tendrá sentido y se premiará a quién trabaje duro; no con algo tangible, si no de forma indirecta. Primeramente, las arcas de las franquicias agradecerán que los 5 tipos que hay en pista suden la camiseta. La necesidad imperante del negocio sigue siendo el beneficio, así que un equipo que compita en cada encuentro es fundamental como reclamo para los aficionados. En caso de no existir un plan de futuro muy claro ni de poseer una ‘superestrella’, la obligación de jugar desemboca irremediablemente en la creación de una cultura de sacrificio y superación. “A self-made team“, algo que agrada a cualquiera y todavía más a los bolsillos de los propietarios. Más juego, más esfuerzo, mas conexión con los fans, más pasta.

Por otro lado, el perfil de organización que se esboza pertenece, como antes se apunta, a ciudades muy determinadas; sobre todo aquellas que vayan unidas a un mercado pequeño. Éstas tienen poca capacidad de atracción para los grandes nombres si anteriormente no los recluta otro valor fijo, como ha sucedido en Oklahoma. Con poco que rascar en la agencia libre, un mercado reducido obliga a no hacer grandes gastos y la necesidad de seguir facturando, así que los entrenadores y General Managers estarán obligados a hacer apuestas por tipos que necesitan tiempo para despuntar. Jugadores con destellos perdidos en un mar de oportunidades perdidas que el Tanking hubiera ahogado -recordemos cuántos jóvenes pasaron por Philadephia y brillaron con minutos para terminar desechados-.

El líder que nadie espera

En un escenario de supervivencia total, solo los más fuertes sobreviven. Únicamente cuando la ética de trabajo, la calidad y la paciencia se dan de la mano, un nuevo referente podrá emerger. Para entender la magnitud del escenario actual y cómo Dennis puede asomar la cabeza al estrellato de la NBA, permitid una divagación:

Hace un escaso puñado de años, un grupo de freaks, periodistas deportivos y personajes de twitter -que en ocasiones son sinónimos- jugaban a una liga fantasy de la NBA. Una competición de simulación a través de internet mediante la cual todos confeccionaban su equipo en un ordenado draft. En aquella ocasión, el periodista español Andrés Monje se llevó el gato al agua bajo el logo de los Washington Wizards, pero lo interesante llegaba mucho antes.

Uno de los mánagers recibía una oferta por su penúltima ronda, que había sido Dennis Schröder. Fue una selección bastante aleatoria, ya que era el primer año del base en la liga y poco se conocía de él. El también periodista Gerard Solé ofrecería las sobras de su conjunto para terminar cediendo a P.J. Tucker. Tanto interés era extraño y se tenía que pagar.

Al finalizar el curso, el traspaso había sido fantástico: Schröder había producido muy poco en comparación con un rodado Tucker. La memoria y la casualidad lo quisieron enterrar como una anécdota.

Pero Dennis volvió para no ser anecdótico nunca más. 

Sobrevolando el perfil del alemán, lo más llamativo es lo más obvio: rápido y eléctrico. Cualidades a las que hacía falta añadir inseguro e irreverente, dos medidas que se encontraron en el mismo cuerpo en una circunstancia que limitaba cualquier muestra del futuro que alguien podía soñar para el base.

Su papel como nuevo líder de una escuadra abandonada es fascinante. Primeramente porque vio de muy cerca cómo aquel quinteto de los Hawks era galardonado como el mejor jugador del mes de la Conferencia Este, una noción de equipo-jugador sobre la cual cimentaron el éxito en Regular Season y una forma de entender el baloncesto: exprime todo lo que tengas. El quinteto rebosaba calidad, sí, pero en ningún caso primeras espadas para un aspirante al título. El concepto de juego coral bajo la atenta supervisión de un tipo como Budenholzer marca el nuevo camino para los de Georgia, que persiguen el ideal que un día lograron con muchos menos recursos y un entorno más hostil.

Con esa idea en mente, Schröder tiene una lección aprendida: los egos de los grandes jugadores conectan mejor si trabajan por un objetivo común. Y si bien un buen líder sabe comandar, un gran líder sabe ceder. Con sus anteriores compañeros hizo verdadera piña y entendió su rol como el chico de prácticas pese a conocer su potencial basado en un juego impredecible y anárquico. Muestra de ello fue la actitud proteccionista respecto a Paul Millsap cuando éste fue atacado por Markieff Morris, quien le acusaba de ser un “llorón”. Cómo le defendió en diferentes ocasiones e incluso bromeó al lado del propio Millsap deja entrever su conexión y su posición: Dennis no es un cualquiera, está a la misma altura que sus compañeros. Del mismo modo, tras el cambio de aires de Al Horford, todavía compartía bromas con él a través de las redes sociales. Juegos y dinámicas que muestran que posición llego a adquirir entre estrellas de la liga.

Sin embargo, la máxima referencia para Schröder no estaba en su equipo, sino en Texas: Dirk Nowitzki es el hombre a quien una generación de niños y niñas de Alemania ha intentado imitar. Lo mejor para el aguijón de los Hawks no fue llegar a conocer y compartir cancha con Dirk; fue ser el elegido para reemplazarle en el combinado cuando la leyenda europea decidiera retirarse de la esfera internacional.

Como no podía ser de otro modo, la sucesión fue un proceso. Los primeros pasos fueron muy abruptos: se notaba cierta tensión en el ambiente durante sus primeros partidos juntos y no se acababan de entender. Al fin y al cabo representan dos ideas de juego totalmente opuestas, así que era lo lógico. Al principio, Dirk fue más padre que hermano mayor y la relación destilaba una falta clara de sintonía; Nowitzki se preocupó del novato desde el primer momento y hablaban casi todos los días durante las primeras semanas de Schröder en la NBA.

Esas primeras pinceladas de tough love tuvieron un efecto muy positivo a medio plazo y un impacto tremendo al largo. Poco a poco, la relación fluyó y el relevo generacional se sucedió: el base es un líder maduro y efectivo, y la imagen de chaval problemático e irregular se ha desvanecido por completo. Muestra de ello fue el europeo celebrado durante el verano de este año, 2017. Schröder fue un líder justo y capaz: sus actuaciones individuales llevaron a Alemania hasta el escollo insalvable que fue España y en ningún momento se vio a ese chico inmaduro.

Y del colectivo nació el individual: tras la primera participación de Alemania en la fase de grupos de Alemania, vieron como el de los Hawks se quedaba a tirar durante un buen rato. Cuestión de disciplina y mentalidad, pues no era un campeonato trivial sino su primer torneo como cara visible del país al que representaba. La responsabilidad viene dada por la situación, pero encajarla es mucho más difícil.

El combinado nacional fue la primera prueba de liderazgo que tuvo que superar y lo hizo con nota. Ahora, una dimensión totalmente diferente le espera. Las mecánicas de competición y el baloncesto de la NBA son un mundo aparte y la temporada es muy larga. Un test de fuego que servirá para medir hasta que punto el potencial que algunos señalaron durante los primeros pasos de Schröder es ya una realidad.