La historia, en ocasiones, es muy caprichosa, pero siempre tenemos la oportunidad de ser los dueños de escribirla. El camino hacia cualquier meta siempre es complicado, por falta de ilusión, confianza ó, simplemente temor. Sólo hay que creer.

Pocas eran las ocasiones en las que Gary Payton II se perdía un entrenamiento de los Seattle Supersonics. Acudía a los partidos con la sonrisa de un niño y alucinaba cuando entraban por la puerta de casa jugadores como Shawn Kemp, Kevin Garnett o Vince Carter. Porque ver a estrellas de la NBA tan de cerca tiene que ser fascinante para cualquier persona, pero quizás un crío lo viva de manera más impactante.

Cuando eres sólo un niño, no valoras apenas la importancia de las cosas, pero a medida que pasan los años, sientes y padeces. Te vas dando cuenta de con quien creces y quien tienes a tu alrededor. Quien está y quien no. Que tu padre sea uno de los mejores jugadores de la NBA, puede ser motivo sólo de orgullo. Pero para Payton II, no era así. Porque su padre nunca estaba, ya sea porque tenía compromisos publicitarios que atender, viajes con el equipo o entrevistas para la televisión. Y cuando estaba, se sentía demasiado agotado como para jugar con sus hijos durante un rato. Las responsabilidades diarias recaían sobre su mujer, Monique. La cual, consciente de que esa relación podía ir disolviéndose intentaba que tanto padre como hijo, no perdiesen el contacto. A diario pedía a Payton II que atendiese las llamadas teléfonicas que le hacía su padre cuando estaba fuera. Pero esa relación no era igual.

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El fichaje de Gary Payton por Miami Heat, obligó a la familia a mudarse a Las Vegas. Y a Gary Payton II a cambiarse de escuela. Por aquel entonces cursaba séptimo grado pero, el mayor temor no venía desde lo académico, sino en lo deportivo. Donde era objeto de mofas y burlas por parte de sus compañeros de equipo:

“¿Por qué no le dices a tú padre que te enseñe a jugar a baloncesto?”

 

“¿Estás seguro de que no eres adoptado?”

 

“Sólo te dedicarás a esto si tú padre pone dinero para que juegues”

Monique, su madre, le pidió que evitase pensar en ello. Que obviase todos los logros conseguidos por su padre. Que crease su propio nombre. Pero el baloncesto ya no le emocionaba como antes, esta perdiendo cualquier tipo de gusto al botar el balón en la pista.

Dos años más tarde, en noveno, Gary Payton acudía al gimnasio donde solía jugar su hijo. Imagínese la situación, un monstruo competitivo como fue Payton, mejor defensor de la NBA en 1996, vea que su hijo arrastra las zapatillas por la pista con toda la desgana que uno pueda imaginar. A Payton le sacaba de sus casillas esa actitud y a su hijo le ponían nerviosos esos reproches. Así que pidió a su padre que no acudiese más a verlo jugar, que le dejase. Obedeciendo la petición de su hijo, Payton pidió a su mujer que le comentase que tal lo estaba haciendo, en que aspectos estaba haciéndolo peor, para que una vez llegase a casa, corregirlos.

Ser comparado constantemente por su padre, tener esa presión adicional, acabó por contaminar cualquier deseo de Gary Payton II de jugar al baloncesto. Le hizo saber a su madre Monique que estaba contemplando tener una vida sin el deporte de la canasta. Del que hizo que su padre fuese uno de los mejores de la época.

Pero tienes que creer en ti mismo. Y sino, habrá seguro alguien que te ayude a impulsarte.

Darrell Jordan Jr, sólía acecarse hasta la casa de los Payton para ir a buscar a Julyan -hermano de Payton II- y llevarlo al entrenamiento. Darrell, era el entrenador del hermano menor de Gary, y le llamaba la atención verle en bastantes ocasiones relajado fuera de la casa, o jugando con los amigos. El interés de Jordan por Payton II empezó a crecer y las preguntas a Julyan no cesaban. El menor de los hermanos, decía que para Gary el baloncesto era sólo una afición, que no tenía ningún tipo de meta. Su entrenador no se lo podía creer. O quizás, no le quería creer. No le entraba en la cabeza que un jugador con la condiciones físicas que tenía Payton II pudiese caer en saco roto.

Darrell poco tardó en ir a hablar con él. Quería convencerlo, seducirlo, quería hacerle ver que el baloncesto podía ser una gran carta para él con ese físico que tenía. Que él se encargaría personalmente de entrenar sus puntos débiles y de potenciar los fuertes. Pero lo más importante estaba fuera de la cancha, Darrell había conseguido que Payton II volviese a enamorarse del baloncesto. Esa presión se había ido.

“Se convirtió en una persona totalmente diferente. El baloncesto paso a ser lo más importante de su vida. Una pasión que desconocía”

(Monique, madre de Payton II)

Durante una cena familiar, Gary Payton comentó tanto a Julyan como a ‘Lil Gary’ que no sé haría cargo de pagar sus estudios. Se lo tendrían que trabajar para poder obtener una beca. Eso impulsó a Payton II a trabajar aún más, a machacarse diariamente en el gimnasio, cambió sus hábitos de alimentación. Su padre estaba gratamente sorprendido por el cambio que había dado su hijo en la pista. Un Payton II agresivo, confíado y concentrado.

Las ofertas empezaban a aparecer, pero no eran universidades con gran reconocimiento. Sólo destinos como Florida International o Florida Gulf Coast mostraban interés por Payton II. Los bajos resultados acádemicos hicieron que el mayor de los hermanos tuviese que pasar por una escuela prepatoria antes de irse a un ‘Community College’. No es algo de lo que se arrepienta Payton, ya que no se consideraba preparado mentalmente en aquel momento como para competir en la Div. I de la NCAA.

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La llegada del hijo de Gary Payton a Salt Lake causó gran furor en el colegio. Estaban entusiasmados porque el hijo de “The Glove” jugase para ellos. De hecho, la prensa y medios de comunicación le bautizaron con el apodo de “The Mitten” en referencia al que tuvo su padre en su día. Y a Payton II no le entusiasmó mucho la idea.

“Podéis llamarme por mi segundo nombre, Dwayne”

Jamás se le llamó así. “The Mitten” había llegado a Salt Lake.

Gary Payton II consiguió grandes números en Salt Lake Community College. Se acercaba hasta el Energy Solutions Arena para estudiar los movimientos de los bases de Utah Jazz y aprender de ellos. Había mejorado notablemente en cuanto a fundamentos. Eso le llevó a estar en el segundo mejor quinteo de la NJCAA. Cuando empezó su segundo año, las ofertas empezaron a llegar. Y después de varias visitas, Payton II se enamoró de Saint Mary’s. Por el ambiente y por estar cerca de Oakland, lugar de nacimiento de sus padres. Quería jugar para los Gaels.

Cuando Payton se enteró, le pidió una última visita a Oregon State. A la universidad en la que su padre era historia. Las circunstancias en ese momento eran muy parecidas a las mismas que tuvo su padre en su día. Un programa hundido y que gracias a la presencia de un jugador diferencial fue capaz de sacarse a flote. Payton II siempre había sido muy reacio a ser comparado con su padre. Lo odiaba. Pero sabía que podría crear su propio legado.

El 14 de noviembre de 2013, Gary Payton II anunció a sus más allegados la decisión de jugar para Oregon State con un mensaje de texto:

“No lo he hecho para complacer a nadie. Esta decisión creo que es lo mejor para mí”

Y la respuesta de su padre, no se hizo esperar:

“Has conseguido hacerme llorar, amigo. Te querré hasta la muerte”

Meses después, Craig Robinson, entrenador de Oregon State y reclutador de Gary Payton II era despedido después de seis temporadas al frente de la universidad. Poco tardaría en ser anunciado Wayne Tinkle desde Montana. El trabajo del nuevo ‘head coach’ de los Beavers no se haría esperar y llamó a Payton II para saber en que situación le dejaba los nuevos cambios. Fue muy claro. “Esté tranquilo, entrenador, soy un ‘beaver’. No escogí a Oregon State por el cuerpo técnico, sino para devolver a la universidad donde estuvo”.

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A día de hoy Gary Payton II es la estrella de los Beavers, como en su día fue su padre. Ha superado varios récords como ser el primer jugador en hacer un triple-doble desde su padre o batir el récord de más partidos robando un balón (38). Y seguramente no se quedará ahí. Su padre sigue siendo extremadamente exigente con él. Porque es su naturaleza, fue, es y será una alimaña competitiva, pero su hijo sabe que no hay mayor cometido que el consejo.

Los Beavers buscan meterse en el ‘NCAA Tournament’ por primera vez desde 1990, año en que Gary Payton abandonaba la universidad para ser uno de los mejores bases de la década. Diferentes formas de ser, Payton era un abanderado del ‘trash-talk. Su hijo es extremadamente tranquilo en la pista. Uno no tiene tatuajes, él otro sí.

Payton II ya no lo oculta. Asegura que muchas veces entra en el Gill Coliseum, mira hacia arriba, y sueña con tener su número retirado al lado del de su padre.

Mismo destino. Mismo objetivo. Diferente legado.

Fuentes: Seattle Times y Oregon Live