Vaya por delante: ni el ánimo de este texto es catastrofista ni su intención es la de intuir un desastre. Hace apenas tres semanas que comenzó la NCAA y huelga decir que sacar conclusiones a estas alturas supone aventurarse sobremanera. Un equipo de baloncesto universitario puede mudar de piel varias veces a lo largo de la temporada e, incluso, experimentar una metamorfosis completa en cuestión de meses. Así que, por favor, que estos párrafos no se entiendan como un obituario.

Los protagonistas del artículo son los Arizona Wildcats, que podrían definirse, simplificando al máximo, del siguiente modo: un conjunto que destila talento a raudales, sobre el que pesan unas enormes expectativas, que hoy por hoy no sabe muy bien a qué juega y que, la semana pasada, sufrió un batacazo espectacular. Los hechos ocurrieron así: Arizona viajó a las Bahamas para disputar el Battle 4 Atlantis, con Villanova como posible rival en una hipotética final, pero North Carolina State le pintó la cara en su estreno… Luego fue incapaz de rematar a SMU cuando los Mustangs amagaron con el K.O… Y terminaron recibiendo un cruel vapuleo a manos de Purdue. El pasado lunes, Arizona se convirtió en el primer equipo en la historia moderna del Top 25 de AP en pasar, en una semana, de estar en el puesto 2 del ránking a ni siquiera aparecer en él.

Y, sinceramente, todo esto no tiene por qué significar, necesariamente, gran cosa. Estas cosas pasan. Quizás la hecatombe no se hubiera desatado si Sean Miller hubiera tenido un par de días entre partido y partido para corregir y ajustar. Quizás el desastre no se habría producido de estar sano Rawle Alkins, aún convaleciente de una fractura en el pie. Quizás Arizona coja velocidad de crucero en cuanto encadene dos o tres triunfos y domine la Pac-12 como estaba previsto. Quién sabe. Es pronto para enterrar la candidatura de los Wildcats al título nacional. No lo es, empero, para hacerse preguntas sobre el presente y, por qué no, el futuro del programa.

Lo más acuciante para Arizona, sin duda, es resolver sus problemas baloncestísticos, para nada desdeñables. El Battle 4 Atlantis puso de relieve defectos serios que, a la hora de proyectar el potencial de los Wildcats, bien se ignoraron, bien se infravaloraron, bien se consideraron secundarios teniendo en cuenta sus virtudes. Pero es imposible olvidar el telón de fondo que envuelve esta campaña. Arizona es una de las universidades implicadas en la investigación del FBI que ha puesto patas arriba el mundo del college basketball. Y, por mucho Sean Miller y los altos cargos del programa quieran transmitir una sensación de normalidad, lo cierto es que la situación en Tucson dista mucho de ser ordinaria.

Recapitulemos brevemente. El 29 de septiembre se conocieron los resultados de una operación del FBI que destapó todo un organigrama de corrupción a escala nacional en los programas de baloncesto de la NCAA. Distintos cargos federales, fundamentalmente relacionados con el ofrecimiento ilegal de dinero a chicos de high school para llevarlos a una u otra universidad, cayeron sobre una serie de figuras de los circuitos AAU y personas relacionadas con la marca Adidas. Entre los acusados por la fiscalía neoyorquina también hubo cuatro entrenadores asistentes. Uno de ellos fue Emanuel ‘Book’ Richardson, miembro del staff de Sean Miller.

El delito atribuido a Richardson no está, cuantitativamente hablando, entre los más clamorosos del dossier. El técnico habría aceptado un soborno de 20.000 dólares de dos agentes para “orientar” a los jugadores de Arizona hacia sus agencias de representación y habría utilizado parte de esa cuantía para cerrar la firma de un recruit. Pero la presencia de los Wildcats en el informe del FBI no acaba aquí. Aparentemente, Arizona entró, o al menos valoró entrar, en una guerra de pujas con Miami para hacerse con los servicios de un jugador. Estaríamos hablando de una subasta que alcanzó los 150.000 dólares.

Esto es todo lo que sabemos… por ahora. Sí, parece la punta de un iceberg que podría alcanzar a Dios sabe cuántas universidades. Ahora, no obstante, sólo podemos especular. El problema para Arizona es que esa especulación, paradójicamente, es un hecho, una realidad con la que tiene que vivir. Los Wildcats están en el punto de mira del FBI. El siguiente golpe puede no llegar nunca y también puede llegar en cualquier momento. Sean Miller puede quedarse en Tucson hasta que le dé la gana de retirarse o vivir la ‘experiencia Pitino’ en sus carnes.

En cualquier caso, instalarse en el planteamiento socrático del ‘sólo sé que no sé nada’ es una perspectiva que, indudablemente, tiene que asustar en Arizona, que se ha acostumbrado al confort de una era en la que los triunfos se dan por hechos. Los Wildcats están diseñados, estructural y culturalmente, para ser residentes permanentes en la élite del college basketball. Y no debe menospreciarse el papel que esta perenne estación de vacas gordas ha jugado a la hora de atenuar el dolor de las sucesivas eliminaciones de Arizona en el March Madness.

En esta década, no ha habido escuadra que haya estado tan cerca en tantas ocasiones de la Final Four sin alcanzarla. Entre 2011 y 2015 perdió tres cruces de Elite Eight y otro de Sweet Sixteen por un total de trece puntos de diferencia. El año pasado cayó de nuevo en la semifinal regional (71-73) pese a gozar de un gran favoritismo en su choque contra Xavier. Cada marzo la misma historia, los mismo comentarios sobre la incapacidad de Miller para superar esa penúltima barrera. En cada ocasión, la decepción y las dudas marchitaban a las pocas semanas, pues era de conocimiento de todos que, al año siguiente, Arizona tendría otra oportunidad. Ese fue el discurso durante años. Es cuestión de tiempo. Algún año tiene que ser el suyo. Todos esos seeds 1 y 2 acabarán sirviendo de algo.

Esta confianza era el fruto de la estabilidad de los Wildcats, de su consistencia, de su interminable éxito en el reclutamiento de nuevos talentos y de su ristra de campañas rondando las 30 victorias. Justo lo que el FBI ha hecho tambalearse. Las garantías han comenzado a difuminarse. Como muestra, un botón: según el ranking de ESPN, a día de hoy la recruiting class de Arizona para 2018 no está entre las 20 mejores del país; no salía del top-7 desde 2010. Su atractivo como destino está (cómo no) en entredicho.

Todo lo cual nos lleva a la siguiente conclusión: esta temporada, para Arizona, tiene un marchamo de “ahora o nunca” desconocido en el último lustro. Quizás no sea del todo evidente, pero planea sobre los Wildcats como el monstruo sombra de Stranger Things sobre el pueblo de Hawkins. Hay una posibilidad real de que, en un futuro no muy lejano, Arizona no tenga la capacidad, por una razón o por otra, de competir con los mejores de la NCAA curso tras curso, sin atisbo alguno de recisión. A ello se une una circunstancia adicional: esta escuadra de los Wildcats recibió, durante la offseason, una cuota de favoritismo inusual incluso para ellos. Con una de las mejores plantillas jamás entrenadas por Miller, la Final Four parecía, prácticamente, una obligación.

En definitiva, todo formó un cóctel de presión horrible para un conjunto en el que cinco freshmen deben jugar un papel importante. Las causas de la debacle de las Bahamas van más allá, pero este factor ayudó, sin duda. Alejarse de los focos durante unas semanas podría acabar siendo positivo para los Wildcats, aunque huelga decir que de poco servirá si no solucionan las siguientes cuestiones (sí, también hay que hablar algo de lo que pasa en la cancha):

  • Si Arizona va a jugar siempre con dos interiores puros, tiene que meter triples sí o sí. Su registro en los tres partidos del Battle 4 Atlantis: 10/54. Preocupante.
  • Hablando de los dos grandes, Miller tiene un problema con el acompañante de DeAndre Ayton (bastante sólido entre tanta tempestad). Ira Lee aún no se entera de qué va esto. Keanu Pinder es mediocre ofensivamente. Dusan Ristic tiene los galones de titular y ofrece una buena opción al poste bajo, pero es un agujero GI-GAN-TE atrás. Cuesta expresar con palabras lo fácil que es anotar contra Arizona involucrando a Ristic en una acción de bloqueo directo. Lo de insistir en que el serbio salga al flash a siete metros del aro no parece una buena idea.
  • En general, la defensa de Arizona, una seña de identidad tradicional del programa, es de papel maché. NC State les metió 90 puntos con un 49.1% de acierto en tiros de campo. Purdue les endosó 89 a pesar de cometer 14 pérdidas; se fueron hasta el 57.4% de acierto. Y sí, SMU se quedó en 66… pero cogió 20 rebotes ofensivos, y eso que los Wildcats siempre tienen al menos un ‘siete pies’ en pista. What?
  • Más allá de Ayton y Allonzo Trier, la ofensiva de Miller es un erial. Poco movimiento de balón, malas decisiones y absoluta dependencia de sus dos estrellas. Parker Jackson-Cartwright es un buen base, y dio la cara en Atlantis. Aún así, no da la sensación de tener nivel como para llevar a su equipo al título nacional.
  • Y sobre todo: la cacareada profundidad de la plantilla de Miller, por el momento, ha resultado ser agua de borrajas. El banquillo de los Wildcats totalizó, en los duelos ante NC State y SMU, sumando los números de ambos partidos, 11 puntos. Sí, hablamos de un pack de novatos (Lee, Brandon Randolph, Alex Barcello, Emmanuel Akot), pero cabía esperar algo más de ellos. Crecerán. Esperemos.

No cabe duda de que Miller tiene muchos asuntos que atender antes, incluso, de preocuparse por lo que se traiga el FBI entre manos. Arizona tiene mucho margen de mejora, por supuesto. Trier es un candidato serio a All-American. Ayton debería estar entre las primeras cinco elecciones del próximo Draft. La vuelta de Alkins le dará a Miller un segundo exterior capaz de generarse sus tiros. El técnico sabe lo que hay que hacer para construir una defensa de élite; siempre lo logra. Y merece el mismo beneficio de la duda que, pongamos, John Calipari, en cuanto al componente más joven de su plantel. Lo normal es que Arizona haga realidad, al menos en buena medida, su potencial.

Pero hay que insistir en que, para los Wildcats, este año no es normal. Es muy plausible que la incertidumbre y las sospechas arrojadas por el FBI hayan influido en este flojo inicio de curso. No les queda otra que abstraerse, porque tienen una gran oportunidad para hacer algo grande… y esta vez no hay “año que viene” que valga. No lo habrá mientras Arizona siga en esta encrucijada de caminos sin saber cuál de ellos le tocará recorrer.