Mascar el chicle que dejaste bajo el viejo pupitre verde que te contempló durante el segundo curso de la ESO; utilizar la última punta limpia del pañuelo blanco hueso que le mangaste a tu padre y que ahora yace, acartonado, en el bolsillo de tu chaqueta de chándal tras siete días de resfriado. Insistir en algo que ya está gastado y utilizado desde hace tiempo siempre es desagradable.

En la literatura, como en otros ámbitos, aparece una dinámica con un patrón repetitivo y calcado que se reproduce del mismo modo una y otra vez. Aquello conocido como cliché acaba siendo una manifestación obvia de la producción serializada e inimaginativa, la muerte del poeta.

Novela juvenil rancia, cuentos para niños… No hay cabida para el cliché en el teatro de lo delicado. Solamente existe una excepción en la que una función, por repetitiva y parecida que parezca, sigue alzando al público año tras año. Se interpreta en marzo y, por su carácter único, la llaman locura.

En el mundo del baloncesto, el torneo final de la NCAA es un libro abierto a un sinfín de posibilidades que ya hemos visto antes: la universidad pequeña que derrota la grande, el niño al que de pequeño dijeron que no podría jugar y ahora lleva a su equipo a la Final Four, el padre y el hijo que colocan un College pequeño en el gran baile… Todo clichés al más puro estilo del cine americano dominguero, que sin embargo emocionan y gustan hasta decir basta.

Entre tanto querido cliché, hay uno que se repite año tras año: el de la Cenicienta. Esa Universidad con menos o ninguna aparición en el March Madness, con un programa pequeño o que en la vida ha cosechado una victoria de prestigio. En esta edición, South Carolina ha perdido su zapato de cristal y puede que el príncipe lo encuentre en Phoenix, donde se disputa la Final Four -cliché en la metáfora, de muy mal gusto-. No obstante, la gracia es todavía más rebuscada ya que existe otra historia que contar dentro de la cenicienta.

Otra historia igual

El equipo lo lidera Sindarius Thornwell, jugador del año de la conferencia y futuro segunda ronda del draft de la NBA según diferentes portales web. A día de hoy, es uno de los tipos más dominantes del baloncesto universitario y gran parte de las opciones de los Gamecocks pasan por sus manos. Con él, Frank Martin ha sido capaz de tramar una maraña defensiva extremadamente intensa, que se apoya en jugadores físicos como Silva o Notice. Un cóctel de agresividad que se traslada al lado ofensivo de la cancha, donde disfrutan jugando en transición y encuentran constantemente a Thornwell. Evidentemente, Martin aprovecha la superioridad física de su estrella para jugar el missmatch en el poste bajo o con Sindarius como principal creador con o sin balón; siempre en el ojo del huracán.

Al lado de un foco de atención tan llamativo, es complicado brillar lo suficiente como para destacar, pero la calidad siempre termina reluciendo de un modo u otro. Esta es la historia de PJ Dozier, el verdadero símbolo materializado del espíritu NCAA. Dozier fue un niño prodigio a la edad de 5 años, cuando competía con niños mayores que él y demostraba que no le suponía ningún reto. Podría llegar a ser sorprendente si no fuera porque aquello tenía cierta explicación racional: pese a la precocidad de su talento, ya tenía a alguien detrás que corregía sus primeros pasos. Su padre, Perri Dozier Senior.

Tal y como cuenta David Gardnr en un excelente reportaje para Bleacher Report, Perri fue jugador de los Gamecocks junto con su hermano Terry, que terminó dedicándose al baloncesto profesional, y desde que su único hijo barón supo echar un balón al suelo, le apretó para llegar a este momento. Es otra historia igual de un padre que vive sus sueños a través de su hijo, algo que en el deporte base actual se intenta arrancar para que, al menos, el niño sea quien decida cómo pasar su infancia. Es otra historia igual de identidad y orgullo, de echar raíces en un estado y sentir el baloncesto universitario hasta límites insospechables, de vestir la misma camiseta que en su día vistió tu padre para triunfar. Lo repetitivo demuestra que es bello una vez más.

A favor de Dozier

 

La particularidad del universo NCAA que el espectador novato europeo no logra entender es que el baloncesto universitario es un mundo totalmente ajeno a cualquier otra competición. La mentalidad local une de forma instantánea el baloncesto de formación con el salto a la élite, pero aquí el college es gloria más allá de cualquier frontera profesional. Aunque es inevitable no juzgar si algunos jugadores valen para el siguiente paso o no, la NCAA es una competición independiente tanto a nivel organizativo como a nivel sentimental para sus seguidores.

Es en este contexto único donde hay que entender la figura de PJ Dozier. Todo lo que le ha rodeado durante su vida deportiva configura una burbuja de cristal, una imagen exterior reflejada en un producto. Desde sus primeros partidos grabados en cintas de VHS hasta el hito del hijo pródigo que lleva la Universidad de su vida hacia la gloria.

Quién haya parpadeado pensando en su carrera NBA, se habrá perdido otra historia fascinante. A los 11 años, se rompió el ligamento lateral y el anterior cruzado de la rodilla jugando al baloncesto, y para que no afectara a su crecimiento, solo le operaron del lateral. Con el tiempo se sintió mejor y volvió a las canchas para competir durante años sin un ligamento fundamental para la movilidad para cualquier deporte. El hijo de un ex jugador de la Universidad de su estado natal con unos problemas físicos únicos que, después de una temporada decepcionante como freshman, puede a hacer historia. Dozier es NCAA.

El primer suspiro

Como cuando le dices a tu hermano pequeño que aproveche su vida de estudiante, a PJ solo le queda disfrutar de algo único para él. Como a todos nos ha pasado alguna vez en la vida, el recuerdo de una experiencia tan positivamente impactante le volverá a la cabeza y, con el tiempo, deseará volver a vivir lo mismo. Pero solo se vive una vez.

Después de su paso por la Final Four, tiene la opción de declararse eligible para el draft de la NBA, en el que le sitúan a finales de la primera ronda. Sería el punto de unión entre la gran experiencia soñada por cualquier niño de los Estados Unidos y el adiós a uno de los mejores momentos de su vida, el primer suspiro pensando en lo que ya pasó antes del gran salto.

Pese a la nostalgia y los miedos, Dozier tiene la oportunidad de alzarse fuerte. Finalice su carrera universitaria con derrota o victoria, se ha probado capaz de ser algo más que uno de tantos cuentos que pasan de padres a hijos. En su segundo año, ha tenido la oportunidad de liderar el equipo durante la ausencia del número uno, apartado durante unos pocos encuentros al arranque de la campaña por lesión. Ha lidiado con dolores de espalda, ha asumido un nuevo rol de repente y ha sido productivo a la sombra de un gran líder.

El 15 de los Gamecocks tiene talento y aptitudes de sobra para convencer en la pista. Movimientos largos y fluidos, aceleración, agilidad, clase y buena mecánica de tiro. Si bien sus porcentajes no son los mejores, tiene capacidad de crear sus propias ocasiones y es un anotador generoso que puede combinar las posiciones de 1 y 2 midiendo 1,98m. Sus características se adaptan a la NBA moderna, pero lo mejor de todo es que ahora es cuando empieza a mejorar, cuando PJ cierra un periplo universitario simbólico y empieza vivir en la siguiente realidad.